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Dos semanas de Borges

Andrés Cabal Godoy

16 de junio de 2026 - 12:32 p. m.

Debo el descubrimiento de Borges a la conjunción de unas vacaciones y un amigo generoso que me prestó sus obras completas. Él las había tomado de la biblioteca de su tío, que era profesor de matemáticas en la Universidad del Valle. El préstamo duraría dos semanas exactas y, como sabía que no tendría dinero para comprarlas, me encerré en casa y no paré de leer. Fueron quince días febriles y faustos; los pasé consciente de que la fecha de devolución no era negociable. El hecho se produjo cuando tenía diecinueve años y al final de ese lapso creo que le hice el mejor homenaje que puede hacérsele a un escritor: fui, por primera y única vez, un buen lector.

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Desde hace dos semanas, cuarenta años después de su muerte (Borges murió el 14 de junio de 1986), el mundo literario, al menos en Argentina, le tributa conferencias, simposios, reediciones, artículos, columnas y exposiciones. En Colombia —como es natural— el hecho ha pasado desapercibido. Así que esta columna es ante todo un intento por tranquilizar mi conciencia y hacer patente el reconocimiento de una deuda tan vasta que especificar una parte parece repudiar o callar la otra, pues debo a Borges el conocimiento de Chesterton, De Quincey, Spinoza, Whitman, Schopenhauer, Wilde y la resurrección de Kafka, al que los profes de español, sin quererlo, habían matado en noveno grado. Pero, sobre todas las cosas, le debo haberme convertido en un lector: “Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mí me enorgullecen las que he leído”. (Elogio de la sombra, 1969).

Sin duda un escritor que se enorgullece más de sus lecturas que de su obra no está pidiendo admiradores: está pidiendo lectores. Pues, harto es sabido que, consciente de su originalidad, Borges renunció a ser popular. Hasta puede afirmarse —según Anderson Imbert— que hizo una literatura que a veces ignora al lector común, no por vanidad, sino por rigor. La distinción no es menor, porque un lector de Borges no es cualquier lector, es un lector que trabaja los textos para acceder a sus juegos del lenguaje.

Hay en la biografía de Borges una ironía divina que él mismo nombró en su Poema de los dones (El hacedor, 1960). El hombre que se enorgullecía de lo leído fue quedándose ciego mientras presidía, en Buenos Aires, una biblioteca de novecientos mil volúmenes. Dios, escribió, le había dado a la vez los libros y la noche. La frase suele leerse como una cruel desgracia personal; a mí me parece que la modernidad permite interpretarla como una especie de profecía. Porque Borges ya había imaginado ese castigo y lo había llamado, con su perspicacia de siempre, una biblioteca absoluta. En La biblioteca de Babel concibió un universo de anaqueles infinitos donde están todos los libros posibles —y por eso mismo ninguno se deja leer—. Aquí la totalidad se convierte en una forma del silencio y de la ceguera. En El libro de arena quizás fue más lejos: un volumen de páginas infinitas, sin primera ni última página, que el narrador termina escondiendo en un sótano como quien se deshace de algo monstruoso. Pareciera como si Borges hubiera sospechado, décadas antes de la existencia de nuestros teléfonos inteligentes, que el acceso infinito no es el paraíso del lector, sino su abolición.

Respecto dd ese sótano de acceso infinito a datos en el que habitamos, Byung-Chul Han diría, que el exceso de información no produce más saber, sino que atrofia la atención lenta que la lectura exige, por ello hemos perdido el arte de demorarnos. Y, tal vez, Éric Sadin añadiría que la técnica nos instaló en un presente que se adelanta a nuestra mirada y lee por nosotros, hasta volver superfluo el gesto mismo de abrir un libro. El resultado es una paradoja que Borges habría disfrutado con su magnífica ironía: cargamos la Biblioteca de Babel en el bolsillo y, dueños por fin de todos los libros, nos hemos vuelto como ciegos que eligen no abrir ninguno. La ceguera de Borges fue un destino; la nuestra es una comodidad o una epidemia.

Pero como el trabajo de leer bien se ha vuelto, en la actualidad, una forma de rareza que la cultura celebra en abstracto y rara vez se practica en concreto, ¿qué podemos hacer para homenajear al padre de esa literatura que es el germen de tantas literaturas?

Quizás el mejor homenaje que puede hacérsele a Borges en esta fecha olvidada no es este artículo, ni las conferencias, ni las ediciones de lujo con prólogos de especialistas, sino leer y releer sus libros como si fueran préstamos con una fecha de devolución inamovible y sin dinero para quedárselo. Porque lo que me hizo buen lector a los diecinueve años no fue tener a Borges, sino estar a punto de perderlo. La fecha de devolución, y no la abundancia, fue la condición de que lo leyera. La biblioteca de Babel es ilegible porque es infinita; aquellas obras completas se dejaron devorar porque había que entregarlas. Por eso hay que prestarlo o leerlo con la certeza de que Borges se va y que esa posibilidad de pérdida es la única condición en que la literatura funciona de verdad.

Pues, Borges, como todos los objetos que nos rodean a lo largo de nuestra vida y a los cuales nos sentimos ligados, no es sino un simple préstamo; y habrá que entregarlo a más tardar cuando entreguemos la vida, que —a diferencia del inmortal Marco Flaminio Rufo— suele ser efímera y frágil. Ya lo dijo Séneca: “Un alma grande […] no considera suyo ninguno de los objetos que la rodean; los tiene en uso a la manera de objetos prestados, siendo ella misma extranjera, necesariamente de paso”. (Epístolas morales a Lucilio).

Por Andrés Cabal Godoy

Andrés Cabal Godoy es ensayista y magíster en Filosofía por la Universidad del Valle. Profesor en Cali y estudioso de Montaigne y la filosofía helenística.
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