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En defensa de la hamburguesa triple

Andrés Cabal Godoy

29 de julio de 2026 - 06:09 p. m.

La vida tiene coincidencias tan asombrosas y gratificantes que quienes descreen del dios Azar las terminan llamando milagros. Curiosamente, me había pasado las vacaciones leyendo un par de libros de Umberto Eco: De la estupidez a la locura (2016) y Apocalípticos e integrados (1965), cuando al regresar a clases, en la sesión de Filosofía a la calle, un estudiante me propuso el viral tema de la hamburguesa triple.

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No estaba enterado del asunto, pero ellos, ilustradísimos en temas virales de redes sociales, me mostraron los principales vídeos y las aristas del debate. Me contaron, palabras más, palabras menos, que todo comenzó cuando un creador de contenido (@castillaneando) publicó un vídeo contando una primera cita que tuvo hace unos cuatro años, con una joven de 27 (él tenía 37). Según su relato, la llevó inicialmente a “las calles del hambre”, una zona popular de comida rápida en Venezuela, pero ella se negó a comer ahí y pidió cambiar de lugar. Él aceptó, presentándose como un “caballerito complaciente”. Ya en el restaurante elegido por ella, antes de que él decidiera qué pedir, la joven ordenó una hamburguesa triple, uno de los platos más grandes y costosos del menú. Nuestro caballero afirmó que ese gesto, sumado a que ella pasó buena parte de la cena revisando el celular, cambió su forma de ver a las mujeres, y remató con la frase que más polémica ha generado: “existen mujeres sanas y mujeres bandidas”. Parece que al final de la noche le dijo que no eran compatibles.

No señalaré nada del desarrollo de dicho debate en clase, pero paso a defender el derecho a comer hamburguesas triples a pesar de lo poco aristotélica que nos pueda parecer tal consumición. Pues, me apena ver que muchos de los tribunales digitales opinan unánimemente que la señorita que pidió una hamburguesa triple en su primera cita hizo algo injustificable o indecoroso. No diré que tuviera toda la razón, pero tuvo muchísima más que el caballero que la invitó a cenar con la secreta esperanza de que no cenara o que cenara poco, para luego de un tiempo correr a contárselo a diez millones de desconocidos.

Porque el asunto, bien mirado, no va de hamburguesas. El caballero no publicó el video para advertir a la humanidad contra las mujeres de buen apetito; lo publicó para ser visto. Al respecto, Eco observa que en este campo el primer héroe de nuestra época fue el imbécil que se colocaba detrás de los entrevistados y saludaba con la manita: no tenía nada que decir, pero tenía algo mejor, la certeza de que en el bar alguien le diría “te vi en televisión”. Nuestro galán despechado es el heredero directo de aquel pionero, con una diferencia que lo empeora: el de la manita se exhibía a sí mismo sin vergüenza alguna; este exhibe a otra persona.

Eco explica el fenómeno con una hipótesis teológica algo jocosa que realmente fue planteada por el escritor español Javier Marías: “cuando los hombres creían en Dios, todos sus actos tenían al menos un espectador. Se podía ser un pelagatos ignorado por el mundo entero, pero Uno lo sabía todo. Muerto ese testigo, solo queda el ojo de la sociedad, y hay que mostrarse ante él a cualquier precio, aunque el precio sea el papel del tonto del pueblo que baila en calzoncillos sobre la mesa del bar”. Antes se aspiraba a la buena reputación; ahora basta la notoriedad, que es más barata: la primera exigía curar leprosos o ganar un premio, la segunda solo exige perder la vergüenza. Nuestro caballero eligió la ganga. No podía volverse célebre por su generosidad (la cena lo desmiente) ni por su discreción (el vídeo lo sepulta), de modo que se hizo célebre por lo único que tenía a mano: su tacañería, narrada en primera persona y con hashtags de psicología y urbanidad.

Recordemos que Immanuel Kant pidió tratar a toda persona siempre como fin y nunca solamente como medio. El caballero hizo exactamente lo contrario y por partida doble. Primero trató la cena como una inversión que la mujer debía satisfacer con modestia, y luego trató a la mujer como materia prima de su contenido. Ella fue un medio para su fama digital. Lo asombroso es que la acusó a ella de interesada, cuando ella solo quiso una hamburguesa y él prefirió diez millones de espectadores. Entre ambos apetitos, el de ella me parece más honrado; se sacia con menos de medio kilo de carne y se consume en privado, sin saludar a nadie con la manita.

Pero siendo justos con nuestro galán, agrego que Byung-Chul Han diría que el caballero no hizo, en el fondo, nada extraordinario: hizo lo que la época ordena. Vivimos en la sociedad de la transparencia, donde todo debe volverse hacia afuera y exhibirse, donde las cosas ya no valen por lo que son, sino por su valor de exposición. Una cita que no se cuenta es, bajo esta lógica, una cita desperdiciada. La sociedad del control se consuma allí donde su sujeto se desnuda no por coacción externa, sino por la necesidad de exhibirse sin vergüenza. Aunque Han añade que la transparencia no es la luz de la verdad, sino su caricatura, pues lo verdadero conserva siempre un fondo de secreto, mientras que lo transparente se agota en su superficie, como la pornografía, que lo muestra todo y por eso no significa nada. La transparencia digital no es cardiográfica, sino pornográfica. La intimidad era precisamente eso: la zona de la vida con derecho a la penumbra, donde una mujer podía pedir una hamburguesa triple sin que el gesto tuviera que significar algo ante nadie. El video la arrancó de la opacidad y la puso bajo esa iluminación total que Han compara con un panóptico perfeccionado donde ya no hace falta un vigilante en la torre, porque los vigilados se exhiben solos, y hasta exhiben, con entusiasmo de converso, a quienes cenaron con ellos.

Por Andrés Cabal Godoy

Andrés Cabal Godoy es ensayista y magíster en Filosofía por la Universidad del Valle. Profesor en Cali y estudioso de Montaigne y la filosofía helenística.
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