En la novela El extranjero de Albert Camus, su protagonista Meursault, ya condenado a muerte, recluido en su celda (que es la situación más radicalmente desprovista de esperanza que uno pueda imaginarse) hace algo que podría parecer conmovedor y que en realidad es admirable: empieza a recordar su habitación. Va enumerando mentalmente las grietas del techo, la disposición de los muebles, el color de la pared bajo el sol del mediodía. Y concluye, con esa tranquilidad que exasperaba al fiscal, que un hombre con suficientes recuerdos podría pasar cien años en una prisión sin aburrirse. «En cierto modo», dice Meursault, «era una ventaja.»
Para algunos comentaristas la frase es irónica, para otros es trágica, para mí es simplemente cierta: la contemplación detenida de las cosas, la atención sin intención es una fórmula de la felicidad. Meursault no está siendo sarcástico ni estoico por necesidad; está describiendo con precisión algo que la filosofía helenística entendió antes que nadie: que la felicidad va en una dirección equivocada cuando la buscamos afuera, pues la felicidad auténtica es interior, no requiere testigos ni depende del mundo exterior. No porque el mundo exterior sea malo, sino porque es absolutamente contingente: El sol puede no salir; Marie, su novia, puede no volver; el trabajo se puede perder. Pero la habitación que uno lleva dentro —ese palacio mental construido de detalles acumulados— no se lo puede quitar nadie.
Este secreto que Meursault descubrió en su celda fue formulado por Epicuro dos mil trescientos años antes: “vive oculto”. Efectivamente, este precepto de su escuela presuponía desdeñar la aprobación del mundo porque la felicidad que requiere público es una felicidad precaria. El problema no es el mundo, sino el pedirle al mundo lo que solo uno puede darse.
Por el lado de los estoicos la cuestión no es diferente. Marco Aurelio, que tenía ejércitos y provincias y no le bastaban para ser feliz, escribía en sus noches de campaña lo mismo que Meursault descubría en su celda: “el refugio está adentro”; “retírate a ti mismo”, se repetía el emperador en las Meditaciones: “Ningún lugar es más tranquilo ni más libre de perturbaciones que la propia alma”. Para Marco Aurelio, la ciudadela interior era el único territorio que ningún bárbaro podía invadir y ningún senado podía confiscarle. Ni qué decir de uno de sus maestros, el filósofo esclavo Epicteto, que desarrolló quizás la más sólida y clásica de las propuestas sobre la felicidad propia: “Para ser libres y felices es preciso discernir entre lo que depende de nosotros y lo que no. Las cosas que dependen de nosotros son libres por naturaleza, sin impedimentos, sin trabas. Por el contrario, las cosas que no dependen de nosotros se hallan en un estado de sometimiento, de servidumbre, y nos resultan ajenas”.
Pero la verdad es que vivimos en una época contraria a todo esto. Vivimos en la era en que la felicidad, para ser auténtica, necesita testigos, likes, vistas, comentarios y la métrica de un algoritmo que confirme que la experiencia ocurrió. Para muchos, la noche en el restaurante, el viaje de vacaciones o el concierto, no son del todo reales si las fotos no se comparten en Instagram.
Al respecto Byung-Chul Han diría que nos hemos convertido en productores de nuestra propia vida, que ya no la vivimos, sino que la exhibimos. Nuestro smartphone es como el fiscal de Meursault: exige que toda experiencia sea registrada, archivada y comunicada. Todo se trata de información narcisista y buena parte de la esencia de la felicidad moderna es la exhibición.
Meursault en su celda, reconstruyendo mentalmente su apartamento, es la imagen más antigua y vigente de la resistencia a este imperativo moderno. No necesita que nadie le confirme que recuerda bien; no necesita compartir el recuerdo para que valga. Su felicidad es completamente suya, sin testigos, ni fotografías, ni aplausos. El fiscal, comprensiblemente, no pudo entenderlo y Meursault, a pesar de su condena a muerte, fue consistente hasta el final:
«(…) vaciado de esperanza ante esta noche cargada de signos y de estrellas me abría por primera vez a la tierna indiferencia del mundo. Al encontrarlo tan semejante a mí, tan fraterno al cabo, sentí que había sido feliz y que lo era todavía.»
Un hombre que no necesita ser visto para saber que es feliz es —en cualquier época— profundamente desconcertante para quienes han organizado su existencia entera alrededor de ser vistos. Quizás por eso Camus lo llamó: El extranjero.