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La interminable derrota

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Andrés Cabal Godoy
30 de junio de 2026 - 05:22 p. m.
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Dos hombres salen a nadar al mar en plena epidemia. Rieux y Tarrou nadan en silencio y, por unos minutos, el mundo apestado queda suspendido. Camus lo narra con precisión: “Rieux veía que Tarrou nadaba regularmente. El mar era tibio, y Rieux, al sumergirse, dejó atrás la ciudad, la epidemia, la derrota”.

Antes de ese baño nocturno, en el diálogo que me resulta más sincero del libro, Tarrou —el filósofo de esta historia— le pregunta a Rieux: ¿por qué lucha si no cree en Dios? La respuesta del médico es una confesión. Le dice que si creyera en un Dios todopoderoso se quedaría quieto y le dejaría el problema al todopoderoso. Pero nadie (ni siquiera el padre Paneloux, el jesuita que predica que la peste es un castigo merecido) se abandona del todo a esa delegación cómoda. Y entonces, en esa grieta entre la fe declarada y la acción concreta, Rieux encuentra su única certeza: hay que luchar. “¿Contra quién?”, pregunta Tarrou. Rieux mira hacia el mar, hacia la oscuridad del horizonte, y dice: —“No sé”. Y después dice algo que no he olvidado desde mi primera lectura: —“Siempre serán victorias provisionales. Siempre, ya lo sé. Pero eso no es razón para dejar de luchar”. Y cuando Tarrou le pregunta cómo es entonces la peste para él, el médico responde sin drama: —“Una interminable derrota”.

Me detengo aquí porque esta fórmula: la derrota interminable como vocación es, a mi juicio, el corazón filosófico de la novela y el punto donde Camus resuelve, a su manera, el problema que Nietzsche dejó planteado: ¿qué hace el hombre cuando Dios ha muerto, cuando ya no hay una narrativa que dé sentido al sufrimiento? Nietzsche respondió con el superhombre y la voluntad de poder, respuestas que el siglo XX malinterpretó. Camus, que publicó su novela La Peste en 1947, cuando el nazismo aún olía a pólvora, propone algo más modesto: la rebelión. No como triunfo ni como redención, sino como la única forma de no ser un apestado. La rebeldía, dice Camus, nace del espectáculo de la sinrazón, ante una condición injusta e incomprensible.

Porque en la novela, la peste no es solo una epidemia. Tarrou lo dice sin rodeos: —“Digamos, para simplificar, que yo padecía ya de la peste mucho antes de conocer esta ciudad y esta epidemia”. La peste es una enfermedad del espíritu: el conformismo y la indiferencia ante el mal. En ese sentido, todos somos portadores: el viejo asmático que cuenta sus garbanzos; Cottard, que prospera con el caos y el dolor ajeno; el padre Paneloux, que en su primer sermón convierte la epidemia en pedagogía divina. Frente a ellos, Rieux, Tarrou y Grand representan una especie de santidad laica: una entrega sin recompensa, sin promesa de salvación.

Aquí es donde la rebelión camusiana funciona como sustituto de la fe, con una diferencia crucial respecto de cualquier religión: no ofrece victoria. La fe tradicional —en su versión popular— promete que el sufrimiento tiene sentido, que hay un plan, que los buenos serán recompensados y los malos castigados en algún Datacrédito cósmico. La rebelión de Rieux no promete nada de eso. Promete exactamente lo que el diálogo con Tarrou enuncia: la derrota. Pero una derrota que merece ser peleada. Una derrota que, asumida con los ojos abiertos, se convierte en lo único parecido a la dignidad que este mundo sin dioses puede ofrecer. Es el hombre en rebeldía, situado antes o después de lo sagrado, intentando reivindicar un orden humano en el que todas las respuestas sean humanas, es decir, razonablemente formuladas, para que su rebeldía descubra la medida y el límite de su propia naturaleza.

Pienso en Epicteto, el esclavo filósofo que enseñaba que lo único que nos pertenece es nuestra respuesta ante lo que nos ocurre. Pienso en Marco Aurelio, escribiendo sus Meditaciones en una tienda de campaña, rodeado de peste —la plaga antonina— y de guerra, recordándose a sí mismo que el bien no depende de que el mundo colabore. Camus no los cita en La Peste, pero los ronda, como ronda a Tipasa en las páginas de su libro El verano. La diferencia es que los estoicos todavía creían en el Logos, en un orden racional del universo al que valía la pena ajustarse. Camus ya no puede creer en eso: el orden del mundo, en La Peste, está regido por la muerte. Sin embargo, la respuesta de Rieux no es muy distinta de la estoica: actuar bien en lo que depende de uno, sin esperar nada del resto.

Rieux no es un héroe. —“No tengo más orgullo del que hace falta”, le dice a Tarrou. Uno, como lector, le cree, porque en ningún momento de la novela actúa para ser admirado. Grand, el verdadero héroe según Rieux, es un escribano que no puede terminar su novela, que lleva los registros de los muertos y que ayuda a un suicida apenas conocido, pues él piensa que “debemos ayudarnos los unos a los otros”. La rebelión, en La Peste, no tiene estética heroica, sino la sencillez de un trabajo rutinario convertido en ascesis.

Esa es la razón por la que la novela me sigue gustando: porque diagnostica la tentación de cerrar las ventanas. Camus dice de los oraneses que han exorcizado el paisaje, que han cerrado la ventana frente al Mediterráneo porque es “demasiado hermoso”. La belleza, la gratuidad, la falta de utilidad práctica: todo eso estorba en una ciudad de negocios. La peste prospera exactamente ahí, en ese espacio huérfano de belleza y de pensamiento.

La peste termina. Las puertas de Orán se abren. Rieux, que ha perdido a su mujer durante la cuarentena, que ha visto morir a su amigo Tarrou, contempla desde una terraza la alegría de la ciudad liberada y piensa en los que no están. Y sabe que la peste no ha sido derrotada: el bacilo se ha retirado, no ha muerto. Algún día volverá, “para desgracia y enseñanza de los hombres”. Mientras tanto, hay que seguir nadando.

Andrés Cabal Godoy

Por Andrés Cabal Godoy

Andrés Cabal Godoy es ensayista y magíster en Filosofía por la Universidad del Valle. Profesor en Cali y estudioso de Montaigne y la filosofía helenística.
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Lalo Parrarro(70277)Hace 15 minutos
Existencialismo mandado a recoger. Asumir la derrota eterna es lo que quieren los amos del mundo, que no están entre los derrotados, para que estos no piensen en una rebelión distinta de la que propone el autor como única posible. La derrota como garantía del orden establecido.
Emilie Teste(dv608)Hace 1 hora
De las cosas que más me gusta del existencial Camus, es su increíble aprecio por las pequeñas cosas, por las insignificantes y por la apreciación máxima de ellas. Maravillosa columna. A seguir nadando.
Emilie Teste(dv608)Hace 1 hora
De las cosas que más me gusta del existencial Camus, es su increíble aprecio por las pequeñas cosas, por las insignificantes y por la apreciación máxima de ellas. Maravillosa columna. A seguir nadando.
  • Lalo Parrarro(70277)Hace 9 minutos
    Me imagino que usted no es de los que tienen que levantarse todos los días a las cuatro de la mañana a ver cómo sobrevive y para quienes estas baratijas del existencialismo (al fin de cuentas una forma de ver el mundo del agrado de quienes aman la acumulación del capital por encima de todas las cosas) nada tienen que decirles.
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