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La mala educación

Andrés Cabal Godoy

02 de junio de 2026 - 12:56 p. m.

La semana pasada, cuando regresaba de mi trabajo, escuché en la radio la memorable expresión de la candidata a la vicepresidencia Aída Quilcué: “los egresados de las mejores universidades del país lo único que aprendieron fue a robarse la plata del pueblo”. De inmediato, y sin escapatoria, mis quince años de docente me pusieron en el banquillo: ¿Sería yo responsable si alguno de mis casi tres mil estudiantes termina, dentro de diez o veinte años, robándose la plata del pueblo?

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La pregunta parece nueva, porque la hizo una política en campaña electoral, pero es en realidad tan antigua como la filosofía misma. Por ejemplo, Paul Bourget la planteó en 1889, en su incómoda novela El discípulo. El joven Greslou, discípulo del filósofo positivista Adrien Sixte, seduce a una joven y provoca su suicidio. El fiscal no va contra Greslou; va contra el maestro. Sixte, que nunca salió de su biblioteca, que jamás tuvo intención de armar a nadie, permanece frío ante la acusación. Pero al leer la confesión de su discípulo se hace la pregunta que desde entonces no ha encontrado una respuesta definitiva: ¿puede haber responsabilidad del maestro por los actos de su discípulo? La novela no responde la pregunta, quizás porque los buenos libros y las buenas preguntas nunca se cierran.

Lo que sí hay son un par de argumentos. El primero dice que sí: el maestro carga con algo de responsabilidad. Uno de los casos más notorios es el del filósofo y profesor Antonio Negri, que lideró grupos de extrema izquierda en Italia y fue juzgado como “cattivo maestro” (maestro malvado). La lógica es impecable: si enseñas que la violencia histórica es inevitable y tus discípulos matan policías, la cadena causal no es puramente simbólica. El magisterio carismático, el que transforma, puede ser también una forma de complicidad. Quien forma el carácter de otro no queda del todo exento de lo que ese carácter produce.

El segundo argumento dice que el discípulo no es un perro de Pávlov. Esta es la respuesta contraria, y no es menos seria. El individuo tiene la libertad de desechar los preceptos, de traicionar al maestro, tiene el deber de leer a Maquiavelo sin convertirse en César Borgia. El libre albedrío, enigma que Agustín nunca resolvió del todo, es precisamente lo que separa la enseñanza del adoctrinamiento. Si el discípulo es un robot del maestro, la educación es imposible y solo existiría la programación, algo más propio del ámbito religioso o militar. Y si es la programación lo que nos preocupa, el problema no está en el aula sino en quien quiere convertir el aula en cuartel o conventillo.

En el caso colombiano esta paradoja resulta instructiva y grotesca a la vez: desde un extremo del espectro político la universidad fabrica ladrones y desde el otro extremo ideológico el aula fabrica subversivos y grafiteros. De nuevo los opuestos —que siempre se necesitan para existir— llegan a la misma conclusión sobre el docente: “es él quien lo determina todo”. Esto puede resultar cómico, pero también, dicho sea de paso, es una grave irresponsabilidad y una disculpa, pues, mientras se discute si el maestro es el culpable de lo que va mal en la sociedad, no se habla de lo que realmente afecta o destruye a la educación en Colombia.

Pero esto es distraernos en fruslerías; todos sabemos que las propuestas serias en educación no ponen, ni quitan, un solo voto. Entonces, la pregunta que importa aquí no es quién tiene la culpa, sino ¿qué significa enseñar?

Al respecto considero que la concepción más realista, exigente e incómoda es la que George Steiner escribió en Lecciones de los maestros: «La enseñanza auténtica puede ser una empresa terriblemente peligrosa. El maestro vivo toma en sus manos lo más íntimo de sus alumnos, la materia frágil e incendiaria de sus posibilidades. Accede a lo que concebimos como el alma y las raíces del ser, un acceso del cual la seducción erótica es la versión menor, si bien metafórica. Enseñar sin un grave temor, sin una atribulada reverencia por los riesgos que comporta, es una frivolidad. Hacerlo sin considerar cuáles puedan ser las consecuencias individuales y sociales es ceguera». No hay aquí ni exculpación ni condena: hay seriedad. El maestro que enseña sin temblar, sin titubear un poco, no está enseñando, está actuando. Porque como lo advierte Steiner en líneas seguidas: “enseñar es despertar dudas, formar para la disconformidad, educar al discípulo para la marcha”.

Nietzsche, que consideraba al verdadero educador un liberador y no un formador, lo dice con más furia y belleza en su Zaratustra, cuando en el momento de la despedida, ordena: «¡Ahora yo me voy solo, discípulos míos! ¡También vosotros os vais ahora solos! Así lo quiero yo. En verdad, éste es mi consejo: ¡Alejaos de mí y guardaos de Zaratustra! Y aun mejor: ¡avergonzaos de él! Tal vez os ha engañado».

Si el maestro cumple su tarea, el discípulo se va y el maestro desaparece. La educación perfecta hace al maestro superfluo; esa soledad es su corona. Si el discípulo se queda, si repite, si obedece, si usa el nombre del maestro como escudo o como excusa, algo ha fallado, no en el discípulo, pero sí en el maestro.

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Pienso en mis casi tres mil estudiantes y no sé del todo si enseñé bien. Espero que pocos recuerden con exactitud lo que dije. Espero, sobre todo, que los que algo recuerden lo hayan convertido ya en otra cosa; en una duda propia, en una contradicción que los incomoda, en una pregunta que no les deje en paz. Espero que, si alguno de ellos termina robándose la plata del pueblo, al menos dude de esas dos categorías lingüísticas con las que ahora nos convencen y dividen: patria y pueblo.

Por Andrés Cabal Godoy

Andrés Cabal Godoy es ensayista y magíster en Filosofía por la Universidad del Valle. Profesor en Cali y estudioso de Montaigne y la filosofía helenística.
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