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Un cristianismo sin Cristo

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Andrés Cabal Godoy
11 de agosto de 2026 - 03:38 p. m.
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El sábado 1 de agosto, en el Colegio Marymount de Puerto Colombia, se celebró un animado retiro espiritual. Ministras y ministros designados, arrebatados por el éxtasis religioso y alumbrados por las cámaras, alababan y oraban por el bienestar del país. Eso me pareció normal: todos los religiosos exitosos son excéntricos. Menos normal me pareció que el presidente ADLE le entregara una Biblia a cada uno de sus ministros porque, según él, «para construir una gran Nación hay que poner a Dios en el centro de cada decisión».

Pero no fue el regalo ni la frase lo que me inquietó, sino la carátula: la línea gráfica de Defensores de la Patria, un mapa de Colombia y, en todo el centro, un Divino Corazón de Jesús. Alguien decidió que el Evangelio se veía mejor con el logo encima. Esa decisión, que parece de diseño, es una tesis teológica camuflada.

El acto quedó unido, además, a las declaraciones belicosas de la ministra de Cultura, Paola Holguín, que anunció una futura «batalla cultural», y de la ministra de Educación, Viviane Morales, que hace unas semanas afirmó sin ambigüedad: «Abelardo lo ha dicho con claridad, hay que sacar a Marx de la educación y hay que meter a Dios. Yo estoy totalmente de acuerdo».

Me sentí destinatario directo de las palabras de la ministra Morales. Como docente de filosofía podría discutir si Marx estuvo alguna vez en las aulas colombianas, pero llevo quince años enseñando en colegios públicos y nunca he visto entrar a Marx, ni a su fantasma. La mayoría de mis estudiantes solo desean una carrera que les permita ganar dinero y le rezan a su Dios para conseguir una beca o un cupo en la universidad pública. Hace poco, unas funcionarias del Icetex le preguntaron a uno de mis grupos qué le gustaría hacer el resto de su vida si el dinero no fuera un problema. Lo que siguió fue un silencio largo. Ningún Lenin, desde luego; pero tampoco nadie capaz de imaginar una vida que el dinero no estuviera organizando.

Hay, sin embargo, una curiosidad que me interesa más que esta polémica. ADLE no dijo meter a Cristo, sino meter a Dios. La distinción no es caprichosa, porque Dios, en el uso político, no dice nada en particular: bendice, ampara y cabe —lo mismo si eres Bush que Trump o Netanyahu— en un discurso de guerra, en uno de posesión y en una carátula. Cristo, en cambio, dijo cosas concretas. Dijo que no resistiéramos al agravio (Mateo 5:39), que no juzgáramos (Lucas 6:37), que diéramos al que pide (Mateo 5:42), que vendiéramos lo que tenemos para repartirlo entre los pobres (Mateo 19:21) y que tratáramos a los demás como queremos que nos traten (Lucas 6:31). Ninguno de esos cinco preceptos figura en el programa de gobierno de ningún país desde hace veinte siglos. Yo mismo no cumplo más de dos, pero tengo la ventaja de no ser cristiano.

Porque, siendo justos, el cristianismo es fácil de pregonar, pero difícil de practicar. Quizás por ello suele atribuirse a Gandhi una frase que no es suya: «Cristo está muy bien, el problema son los cristianos, que no se parecen en nada a Cristo». Bertrand Russell fijó dos requisitos para llamarse cristiano: creer en Dios y en la inmortalidad, y creer que Cristo fue «el mejor y el más sabio de los hombres».

De ahí que lo más importante del cristianismo nunca haya sido Cristo, sino la Iglesia. Cuando los franciscanos se tomaron en serio la pobreza apostólica, el papa declaró herética su doctrina. Y el precepto de no juzgar convivió sin sobresaltos con la Inquisición y con la bendición episcopal de casi todas nuestras guerras. Nada de esto es antiguo. Durante la campaña electoral, ADLE usaba con frecuencia la expresión «guerra espiritual» y se autodenominaba el «Ciro que necesita Colombia», en referencia a un rey persa que, según la Biblia, apoyó a los judíos (Isaías 45:1). Spinoza lo había escrito ya en 1670, en el Tratado teológico-político: «el gran secreto del régimen monárquico consiste en mantener engañados a los hombres y en disfrazar, bajo el especioso nombre de religión, el miedo con el que se los quiere controlar, a fin de que luchen por su esclavitud como si se tratara de su salvación». Es una frase contra los reyes, pero la cito porque temo que con la patria-milagro nos dé por conservar la costumbre de los reyes y perder la de los herejes.

Queda una precisión más incómoda que la simple suspicacia: la Constitución de 1991 no emplea en ninguna parte la palabra «laico». Garantizó la igualdad de cultos, pero se abrió en su preámbulo «invocando la protección de Dios, y con el fin de fortalecer la unidad de la Nación»; la laicidad la escribió la Corte Constitucional tres años después, al tumbar la consagración anual de Colombia al Sagrado Corazón. La invocación quedó escrita; la laicidad hubo que deducirla.

Ahora el Sagrado Corazón de Jesús aparece de nuevo impreso en unas Biblias que ADLE obsequia a sus ministros y asesores, con el logo de Defensores de la Patria en la carátula, un logo que desde el 3 de agosto de 2026 identifica también a un partido político. Una Biblia con logo no es censura ni herejía. Es una estrategia más sencilla y eficaz. Nadie prohíbe ni altera el texto; simplemente se le pone encima algo que se lee primero y que, casi siempre, se lee solo. En alguna página de esas Biblias sigue escrito que hay que dar al que pide, no juzgar a nadie y tratar a los demás como queremos que nos traten. En la portada dice otra cosa: insinúa un cristianismo sin Cristo, concebido no como una fe ni como una ética, sino como una identidad cultural excluyente. Los próximos cuatro años servirán para averiguar cuál de las dos leyeron quienes entregaron a Dios el centro de cada decisión.

Andrés Cabal Godoy

Por Andrés Cabal Godoy

Andrés Cabal Godoy es ensayista y magíster en Filosofía por la Universidad del Valle. Profesor en Cali y estudioso de Montaigne y la filosofía helenística.
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Eduardo Montalvo(52171)Hace 4 minutos
Me pareció un excelente escrito don Andrés.
Danigomez(93244)Hace 1 hora
Es muy simple, en mi opinión; es, como usted dice, la estrategia de muchos políticos populistas y oportunistas que utilizan las creencias de la gente a su favor, para justificar lo que con argumentos no pueden defender.
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