Cuando ruede la pelota en el Mundial de 2026 habrá una particularidad que dice mucho más sobre el mundo que sobre el fútbol. Apenas ocho selecciones acudirán al torneo con planteles integrados exclusivamente por futbolistas nacidos en su propio país. Entre ellas estará Colombia. También aparecen Argentina, Brasil, Corea del Sur, Japón, Marruecos, Irán y Uzbekistán.
El dato es fascinante porque refleja una transformación que va mucho más allá de los esquemas tácticos, los entrenadores o los resultados. El fútbol, como casi todo, terminó convirtiéndose en un espejo de la globalización.
Hace algunas décadas era mucho más sencillo identificar una selección nacional con una geografía específica. Los jugadores nacían, crecían, se formaban y competían en el mismo entorno cultural. Hoy el mapa es mucho más complejo. Las migraciones, los matrimonios binacionales, las diásporas, los procesos de refugio, los cambios demográficos y hasta las oportunidades laborales han construido nuevas identidades.
El caso más evidente es el de Francia. Campeona del mundo en 1998 y en 2018, finalista en 2022 y candidata permanente a cualquier título. Buena parte de sus figuras tienen raíces familiares en África, el Caribe o Medio Oriente. Algunos nacieron en territorio francés; otros llegaron siendo muy pequeños. Todos representan a Francia. Y todos son, de alguna manera, la consecuencia de la historia política, económica y social de ese país.
Lo mismo ocurre en muchas otras selecciones. Inglaterra, Bélgica, Países Bajos, Alemania o Portugal presentan planteles que serían imposibles de entender sin observar los movimientos migratorios de las últimas décadas. Incluso selecciones africanas cuentan hoy con numerosos futbolistas nacidos en Europa que decidieron representar la tierra de sus padres o abuelos.
Desde una perspectiva estrictamente futbolística, el fenómeno amplía el universo de talento disponible. Las federaciones ya no dependen exclusivamente de quienes nacieron dentro de sus fronteras. Pueden encontrar jugadores formados en academias de otros continentes, educados en otras culturas futbolísticas y enriquecidos por experiencias diferentes. El resultado suele ser una mezcla interesante de estilos, mentalidades y recursos.
Colombia, curiosamente, sigue perteneciendo a ese grupo reducido de selecciones construidas enteramente con nacidos en casa. No significa que sea mejor ni peor. Es simplemente una característica. Una fotografía de nuestro presente demográfico y migratorio.
Tal vez por eso el dato provoca cierta nostalgia. No porque el pasado haya sido necesariamente superior, sino porque recuerda una época en la que las fronteras parecían más nítidas y las identidades más fáciles de explicar. Hoy el fútbol cuenta historias distintas. Historias de viajes, de mezclas, de familias repartidas entre continentes y de niños que crecen escuchando dos himnos y hablando dos idiomas.
El Mundial seguirá siendo una reunión de naciones. Pero cada vez se parece más a una reunión del mundo entero. Y quizá ahí resida una de las mejores definiciones posibles de nuestro tiempo.
🚴🏻⚽🏀 ¿Lo último en deportes? Todo lo que debe saber del deporte mundial está en El Espectador
Manténgase al tanto de toda la información deportiva con la SEDE. Estamos en 📷 Instagram 📹 Tik Tok y 📱Facebook