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Hay una imagen que se volvió paisaje en el fútbol contemporáneo: dos jugadores hablando y, de repente, la mano cubriendo la boca o la camiseta estirada hasta la nariz para impedir que alguien lea los labios. Lo que empezó como un gesto casi instintivo terminó convertido en costumbre. Y como tantas cosas en este deporte, nadie sabe bien cuándo se cruzó la línea.
El martes, en medio del partido entre Benfica y Real Madrid, volvió a aparecer la escena. Vinicius Jr. denunció que un jugador argentino —con la camiseta cubriéndole la boca— le lanzó insultos racistas. El nombre del rival importa menos que el gesto: la conversación quedó blindada por un pedazo de tela. No hay audio, no hay lectura de labios posible, no hay manera de comprobar nada. Solo versiones. Solo sospecha.
El fútbol lleva años intentando combatir el racismo. La FIFA endureció su discurso y esta misma semana recordó nuevas medidas: protocolos más estrictos, posibilidad de suspender partidos ante conductas discriminatorias, sanciones deportivas más severas y un llamado a federaciones y árbitros para actuar sin dilaciones. El mensaje institucional es claro: tolerancia cero.
Pero el fútbol tiene estas contradicciones. Por un lado, cámaras en todos los ángulos, micrófonos ambientales, VAR, repeticiones en ultra alta definición. Por el otro, jugadores que se tapan la boca para que no se sepa qué dicen. En un espectáculo global, transmitido a millones, seguimos aceptando que haya zonas grises en la comunicación.
Se argumenta que es para proteger secretos tácticos. Que nadie quiere que el rival descifre una jugada preparada. Que en tiempos de cámaras HD y especialistas en lectura de labios, cualquier detalle cuenta. Puede ser. Pero si de verdad se trata de información estratégica, existen otros mecanismos: códigos previamente acordados, gestos, señas, palabras clave imposibles de interpretar sin contexto. Lo que no parece razonable es normalizar el ocultamiento permanente.
Porque cuando alguien necesita esconder lo que dice, casi siempre es porque lo que dice no soporta la luz. No hablo de la viveza competitiva, ni del roce propio del juego. Hablo de algo más profundo: del insulto que busca herir, de la provocación que no quiere testigos, de la frase que no puede ser repetida frente a un micrófono abierto.
El fútbol presume de transparencia cuando le conviene. Publica audios del VAR, difunde campañas contra la discriminación, multiplica mensajes de inclusión. Entonces, ¿por qué aceptar que dentro del campo haya conversaciones clandestinas? Si de verdad queremos erradicar el racismo —y cualquier forma de violencia verbal— no basta con castigar cuando se prueba. Hay que desincentivar las condiciones que permiten la impunidad.
Prohibir de tajo el gesto de taparse la boca para hablar no resolverá todos los problemas. Pero enviaría una señal potente: aquí no hay nada que esconder. Si lo que se dice es legítimo, puede decirse sin máscara. Y si no puede decirse a la vista de todos, quizá no deba decirse.
En un deporte que vive de la exposición absoluta, el secreto permanente es una anomalía. El fútbol no necesita más sombras. Necesita luz.
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