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Cuando el Fútbol cansa el alma

Antonio Casale

25 de enero de 2026 - 10:00 p. m.
Futbolista colombiano, extremo de Santa Fe en el partido ante La Equidad por la fecha trece de la Liga Betplay 2025-II.
Foto: Mauricio Alvarado Lozada

Independiente Santa Fe se coronó campeón de la Superliga el pasado miércoles. Un día después, el jueves, Omar Fernández Frasica habló con ESPN y dijo algo que suele incomodar más que una derrota: estuvo muy cerca de retirarse del fútbol profesional. No por falta de talento ni por una lesión puntual, sino porque ya no tenía ganas de jugar. El pasado reciente, entre lesiones, suplencias y frustraciones, lo había “quemado”.

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Fernández, hoy con 32 años, contó que su plan al llegar a Santa Fe era simple y definitivo: jugar el 2025 y retirarse. Venía cansado, sin ilusión, emocionalmente agotado. En diciembre le dijo a su esposa que no quería seguir. Fue ella quien lo animó a probar una última vez, a cambiar de entorno y a buscar algo que ya no encontraba: disfrute. Cuando llegó a Santa Fe, lo único que quería era eso, disfrutar su último año como futbolista.

Lo que ocurrió después es conocido. Fernández se convirtió en una pieza clave del equipo campeón y hoy, con el título en el bolsillo, asegura sentirse en uno de los mejores momentos de su carrera, con cinco o seis años todavía por delante. El fútbol, el mismo que lo había desgastado, volvió a ordenarle la cabeza.

Su testimonio vale más que cualquier discurso motivacional. Porque expone una verdad que preferimos ignorar: los deportistas no son máquinas. No rinden en línea recta, no viven en estado permanente de confianza, ni están blindados contra el desgaste emocional. Tienen miedo, se frustran, se cansan. Y a veces, simplemente, no pueden más.

La historia del fútbol está llena de silencios que terminaron mal. Uno de ellos es el de Alberto Pedro “El Loco” Vivalda, arquero argentino que defendió el arco de Millonarios en los años 80. Ídolo en las canchas, carismático y talentoso, Vivalda no logró adaptarse a la vida después del retiro. En 1994, a los 37 años, se suicidó arrojándose a un tren en Vicente López, en Argentina. Años después, la revista SoHo reconstruyó su historia y dejó al descubierto una depresión profunda que nadie supo —o quiso— ver a tiempo.

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No fue el único. El arquero alemán Robert Enke, internacional con su selección, también se quitó la vida tras años de lucha silenciosa contra la depresión. En otros deportes, figuras como Naomi Osaka decidieron hablar antes de romperse, explicando que la presión constante y la exposición pública estaban afectando seriamente su salud mental. Y aun así, muchos las tildaron de débiles.

Ese es el problema de fondo. Seguimos confundiendo fortaleza con silencio. Creemos que admitir angustia es rendirse, cuando en realidad es todo lo contrario. Decir “no estoy bien” exige más coraje que fingir normalidad.

El deporte mueve pasiones, dinero y orgullo, pero está en mora de tomarse en serio la salud mental. De entender que evaluar rendimientos sin mirar el contexto humano es injusto y, a veces, peligroso. De aceptar que quienes vemos cada domingo en una cancha también cargan problemas, dudas y sombras que no aparecen en la planilla de estadísticas.

Omar Fernández no solo ganó una Superliga. Ganó algo más difícil: volver a encontrarse consigo mismo. Y su historia debería servirnos para cambiar la forma en que juzgamos a quienes, antes que futbolistas, son personas.

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