Hay algo muy colombiano en la manera en que afrontamos los mundiales: sufrimos antes de tiempo. Todavía no rueda la pelota y ya estamos calculando hasta dónde llegamos, contra quién nos cruzamos, si este equipo sí da o no da para semifinales. Vivimos el Mundial con angustia anticipada, como si la obligación histórica de Colombia fuera ganar la Copa del Mundo. Y no. Nunca hemos sido campeones del mundo. Apenas tenemos una Copa América en toda la historia. Ni siquiera estuvimos en todos los mundiales. Por eso, quizá, lo primero debería ser disfrutar el viaje.
Colombia no es San Marino. Tampoco es Brasil, Alemania o Argentina. Está en ese grupo de selecciones buenas, competitivas, capaces de hacer un gran torneo, pero que necesitan que muchas cosas se alineen para pelear de verdad por el título. Y eso no debería ser motivo de frustración permanente. Al contrario. Debería invitarnos a disfrutar.
Porque esta selección tiene cosas para disfrutar.
Tiene a Luis Díaz, probablemente el futbolista colombiano más desequilibrante de las últimas décadas. Uno de esos jugadores que justifican prender el televisor solo para verlo arrancar por izquierda. Un futbolista que contagia energía, rebeldía y hambre competitiva.
Tiene también la resurrección futbolística de James Rodríguez, a quien muchos retiraron demasiadas veces. Lorenzo entendió algo que otros técnicos olvidaron: los grandes jugadores no siempre necesitan correr más; a veces necesitan sentirse importantes. James volvió a ser líder, volvió a competir y volvió a recordarnos que el talento no desaparece tan fácil.
Y tiene, además, un proceso serio. Uno puede discutir cambios, convocatorias o partidos flojos. Eso hace parte del fútbol. También es cierto que a Lorenzo por momentos le faltaron variantes tácticas en partidos complejos y que Colombia todavía tiene pendiente demostrar que puede sostenerse sin depender tanto de James. Son discusiones válidas. Pero aun así los números respaldan el proceso: más de veinte victorias y apenas cinco derrotas en sus primeros más de cuarenta partidos al frente de la selección, una final continental después de 23 años y una racha de 28 encuentros sin perder.
Eso no pasaba siempre.
Claro que hay defectos. Claro que hay partidos donde Colombia parece quedarse sin ideas. Pero quizá ahí está justamente el punto: no convertir cada partido en un juicio final.
Este Mundial, además, ni siquiera durará un mes. Será mes y medio de fútbol, historias, himnos, angustias, héroes inesperados y noches eternas frente al televisor. Y nosotros a veces lo vivimos con más ansiedad que felicidad.
Yo prefiero otra cosa. Prefiero sentarme a ver a Lucho encarar. Ver a James meter un pase imposible. Ver a Daniel Muñoz aparecer como un extremo. Escuchar un estadio lleno cantando el himno. Recordar que hubo años en los que ni siquiera clasificábamos.
Y después, sí, veremos hasta dónde alcanza.
Porque el fútbol colombiano todavía no pertenece a la aristocracia mundial. Pero hace rato dejó de ser un invitado de piedra. Y entre esos dos lugares también hay espacio para disfrutar.
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