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Novak Djokovic es, hoy por hoy, el gran antihéroe glorioso del tenis moderno. Como un Guasón de Gotham Park, siempre queda una sonrisa torcida después del caos que deja en la pista: imprevisible, intenso y en ocasiones odiado tanto como admirado. Es imposible hablar de esta etapa del tenis sin verlo como la figura que ha puesto contra las cuerdas a quienes podían ser sus sucesores durante más de una década. Roger Federer y Rafael Nadal fueron las caras luminosas del circuito; Djokovic, muchas veces, el antagonista que terminó imponiéndose cuando parecía condenado a ser tercero en discordia.
A sus casi 39 años, el serbio volvió a demostrar en el Abierto de Australia que no piensa retirarse en silencio. Superó a Jannik Sinner en un duelo generacional feroz y volvió a instalarse en una final de Grand Slam. Pero allí apareció la nueva cara del dominio que viene: Carlos Alcaraz, quien terminó imponiéndose y sumó su séptimo título grande, completando además el póker de torneos mayores con apenas 22 años.
Djokovic sigue siendo, con 24 títulos, el jugador más ganador de Grand Slams en la historia del tenis masculino. Sin embargo, el tiempo ya juega a favor de otros. Sinner, con cuatro grandes, y Alcaraz, con siete, representan una generación físicamente explosiva, más adaptada a la velocidad y exigencia actual del juego. Se recuperan más rápido, sostienen intercambios intensos y parecen tener margen para dominar durante la próxima década.
Ahora bien, el tenis enseña algo curioso: los números no siempre definen al favorito del público. Federer fue durante años el jugador más querido aun cuando sus cifras ya no eran las mejores. Nadal también despertó pasiones incluso cuando estaba por detrás en estadísticas. Y Djokovic, pese a ser el más ganador, nunca fue el preferido de todos. El favoritismo no se decide solo con trofeos: intervienen el carisma, el estilo de juego, la personalidad, la elegancia o la épica con la que cada uno gana o pierde. Lo mismo puede ocurrir ahora entre Sinner y Alcaraz, dos campeones distintos que probablemente dividirán afectos durante años.
Hay además una diferencia histórica interesante. Djokovic llegó a la cima cuando Federer y Nadal ya eran leyendas consolidadas; tuvo que abrirse paso contra dos gigantes al mismo tiempo. En cambio, Alcaraz y Sinner parecen encontrarse prácticamente solos en la cima de su generación. No se ve todavía un tercer rival cercano que los obligue a un nivel aún más alto como ocurrió con el Big Three.
¿Podrán alcanzar o superar los récords de Djokovic? Sí, si mantienen salud, regularidad y hambre competitiva durante muchos años. Pero no es tan simple: sostener el dominio por más de una década es la excepción, no la regla.
Mientras tanto, el Guasón sigue en escena. Tal vez ya no gane siempre, pero sigue obligando a los jóvenes a demostrar que el trono, si cambia de dueño, no se entrega sin pelea.
