Hay objetos que para muchos no son más que un pedazo de tela. Para otros representan la vida entera. Eso son los trapos para las barras populares: no son simplemente banderas. Son identidad, territorio, pertenencia, prestigio. Quitarles uno es, para ellos, una humillación; recuperarlo, una cuestión de honor. Esa lógica, ajena a la mayoría de nosotros, ayuda a entender, aunque jamás a justificar, por qué una pelea por un trapo terminó con un estadio convertido en escenario de violencia.
El saldo de lo ocurrido el sábado en El Campín, durante Santa Fe-América, fue de 17 personas heridas. Sin embargo, lo más doloroso no es solamente la cifra. Es el contraste.
Hace apenas unos días, el fútbol colombiano mostró una de sus caras más luminosas. Clubes, jugadores e hinchas dejaron de lado los colores para unirse alrededor de las víctimas del terremoto. Por unas horas entendimos que el fútbol también puede abrazar, acompañar y ayudar a reconstruir el ánimo de un país.
Sin embargo, después llegó la noche del sábado. El mismo estadio. El mismo deporte. La misma pasión. No obstante, fue una versión completamente distinta de nosotros mismos.
Siempre he pensado que la mejor manera de aprender a convivir es conviviendo. No aislándonos. No prohibiendo la presencia del visitante. Un estadio no debería ser territorio exclusivo de una camiseta, sino un espacio donde la rivalidad tenga límites claros y donde el otro no se convierta en enemigo simplemente por alentar otros colores.
Claro que escenas como las de El Campín hacen tambalear esa convicción. Porque el que termina perdiendo no es únicamente el hincha que resulta herido o el club que seguramente recibirá una sanción. Pierde la familia que decide no volver. Pierde el padre que ya no quiere llevar a su hijo al estadio. Pierde el niño que cambia la ilusión de ver un partido por el miedo.
También conviene mirar un poco más allá de la pelea. Para muchos jóvenes, la barra termina siendo algo que no encontraron en otro lugar: identidad, reconocimiento, sentido de pertenencia. Entender esa realidad es indispensable si de verdad queremos resolver el problema. Comprenderla, sin embargo, nunca puede significar justificar la violencia.
Quizás la pregunta que queda es sencilla: si fuimos capaces de unirnos para tenderles la mano a quienes lo perdieron todo en un terremoto, ¿por qué no somos capaces de compartir noventa minutos con alguien que simplemente alienta otro escudo?
El fútbol colombiano ya demostró que puede sacar lo mejor de sí mismo. Ojalá no necesitemos una tragedia para volver a encontrarlo.
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