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El Mundial que todavía no arranca

Antonio Casale

10 de mayo de 2026 - 07:00 p. m.
Una persona observa el trofeo de la Copa Mundial de la FIFA este sábado, en el estadio BBVA en Monterrey (México).
Foto: EFE - Miguel Sierra
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Hay algo raro con este Mundial. Falta poco y no se siente. No vibra. No invade las conversaciones. No existe esa ansiedad colectiva que convertía cualquier junio mundialista en una especie de fiesta continental, y no parece ser una percepción solamente nuestra.

La FIFA todavía no ha logrado vender completamente los derechos de televisión en China e India, los dos países más poblados del planeta. Y eso no es un detalle administrativo. China fue uno de los grandes consumidores digitales del Mundial de Catar. Si el producto más poderoso del fútbol no logra seducir a esos mercados, algo está pasando.

También aparecen señales culturales interesantes. El álbum Panini, que históricamente era el primer termómetro sentimental de cada Copa del Mundo, este año parece generar más angustia financiera que ilusión infantil. La edición 2026 tiene 980 láminas, la más grande de la historia. En Colombia calculan que llenarlo podría costar cerca de dos millones de pesos y eso cambia el espíritu.

Antes el álbum era una fiesta de recreo. Hoy parece un crédito de consumo. En foros digitales como Reddit —una gigantesca comunidad internacional de conversaciones en internet— abundan mensajes de aficionados diciendo que este Mundial “no provoca”, que “hay demasiadas selecciones”, que “todo es demasiado caro” y que el torneo perdió parte de su mística. Porque quizás ahí aparece una de las claves: el exceso.

El Mundial pasó de 32 a 48 selecciones y tendrá 104 partidos. Más grande no siempre significa más importante. A veces significa más largo, más pesado y menos especial. Antes clasificar era una epopeya. Hoy parece más difícil quedarse por fuera y además vivimos intoxicados de fútbol.

Hay Champions todos los días, Nations League, Mundial de Clubes, Copa América, Eurocopa, documentales, plataformas, redes sociales, goles resumidos en 15 segundos y debates permanentes. El Mundial ya no aparece como una rareza sagrada cada cuatro años. Ahora compite por la atención en una economía de saturación.

También influye la sede. Estados Unidos es una potencia económica, pero no necesariamente una atmósfera futbolera. Brasil era carnaval. Alemania era liturgia. Rusia transmitía misterio. Catar generaba polémica, pero también exotismo. Estados Unidos se parece más a un gigantesco evento corporativo patrocinado por tarjetas de crédito y paquetes VIP.

Quizás ahí está el problema invisible: el Mundial dejó de sentirse artesanal. Todo luce demasiado producido, demasiado caro, demasiado comercial. Hasta en Estados Unidos algunas mediciones muestran menor interés del esperado en la compra de entradas. Los precios son absurdos y mucha gente siente que el torneo no les pertenece. Y aunque la publicidad alrededor del Mundial sigue siendo gigantesca, en varios mercados las televisoras y plataformas han tenido que pelear más de lo normal para cerrar acuerdos comerciales y vender paquetes de patrocinio.

Hay otro elemento más difícil de medir: el clima del mundo. Vivimos una época atravesada por guerras, incertidumbre económica, polarización política y ansiedad cotidiana. Ucrania, Gaza, tensiones globales, inflación, migraciones. Tal vez el fútbol ya no logra suspender la realidad con la misma facilidad de antes. O quizás todavía no llega ese momento emocional en el que el planeta decide hacer una pausa y mirar una pelota. Puede pasar eso.

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Seguramente terminaremos otra vez viendo un Uzbekistán- RD Congo como si fuera una final. Pero hoy, sinceramente, el ambiente se parece más a la previa de un Mundial de Clubes que a la gran fiesta del fútbol. Si hasta Argentina, campeón del mundo, parece vivirlo con cierta tibieza, entonces tal vez no estamos imaginando cosas.

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Foto: El Espectador

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