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Hay una época del calendario futbolero en la que un miedo empieza a colarse en los vestuarios. No aparece en las ruedas de prensa ni en los discursos épicos de los entrenadores, pero está ahí. Es el miedo a lesionarse cuando el Mundial empieza a asomarse en el horizonte. En estos días el fútbol ha dado varios recordatorios de lo frágil que puede ser ese sueño mundialista. El caso más duro es el de Rodrygo, delantero del Real Madrid que sufrió una rotura del ligamento cruzado anterior y del menisco en la rodilla derecha. Una lesión devastadora que lo deja fuera de la temporada y también del Mundial con Brasil. Tiene 25 años, está en plena madurez futbolística y esperaba disputar apenas su segunda Copa del Mundo. Todo se derrumbó en una jugada más del calendario. En el mismo equipo también se encendieron las alarmas con Kylian Mbappé. El francés arrastra una molestia en la rodilla cuyo alcance todavía no está del todo claro. Hay versiones optimistas y otras más prudentes, pero lo cierto es que el reloj corre. Cuando el Mundial aparece en el horizonte cualquier lesión adquiere otra dimensión. También está el caso de Cristiano Ronaldo que a sus 41 años sigue luchando contra el paso del tiempo. Una molestia muscular reciente recordó que incluso las leyendas viven pendientes de llegar enteras a la cita que define generaciones.
Es el momento del año en el que los futbolistas entran en una zona incómoda. Jugar a media máquina tampoco es realmente una solución. El fútbol es un deporte de choque, de aceleraciones violentas, de cambios de ritmo y de contactos permanentes. A veces el intento de cuidarse demasiado termina siendo incluso más peligroso. El Mundial es un sueño enorme. Llega cada cuatro años y para muchos futbolistas apenas una vez en la vida.
La historia está llena de cracks que se quedaron viendo el torneo por televisión. En Colombia todos recordamos a Radamel Falcao en 2014. Era el mejor momento de su carrera, el delantero más temido de Europa y el líder natural de la selección. Una rotura del ligamento cruzado en enero lo dejó fuera del Mundial de Brasil justo cuando el país más lo necesitaba. También le pasó a Michael Ballack en 2010 cuando una entrada de Kevin Prince Boateng lo lesionó semanas antes del torneo en Sudáfrica. Y a Marco van Basten, que no pudo jugar el Mundial de 1994 porque su carrera ya estaba marcada por lesiones persistentes que terminaron alejándolo demasiado pronto de la élite.
El fútbol puede ser cruel. El deporte también. Y la vida ni se diga. Por eso cada noticia médica en estos meses se sigue con un pequeño nudo en la garganta. En Colombia ya apareció una alarma con la lesión en el brazo de Daniel Muñoz. Ojalá no sea nada grave porque lo que viene por delante es demasiado grande como para perderlo en un segundo. Los próximos meses serán de tensión silenciosa, de vendajes, hielo. minutos administrados y cuerpos en alerta máxima.
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