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Hay algo profundamente injusto en la vida del delantero. Vive del gol, sí, pero también queda marcado por él. Y a veces, ni siquiera por lo que hace, sino por lo que deja de hacer. Esta semana le pasó a Luis Suárez, objeto de burlas, memes y sentencias definitivas tras un fallo que, en otro contexto, habría pasado de largo. Pero no. A los “9” no se les perdona.
Tal vez porque el gol es el momento más visible del fútbol. O tal vez porque, en un deporte donde todo es colectivo, el error del delantero parece individual, casi íntimo, como si quedara expuesto ante todos. Pero convendría hacer memoria. Recordar que incluso los más grandes han quedado marcados por un instante.
Ahí está Roberto Baggio, por ejemplo. Sostuvo a Italia durante todo el Mundial de 1994 y la llevó a la final. Y, sin embargo, el recuerdo que quedó fue su penalti por encima del travesaño en la final contra Brasil. Un segundo que borró semanas de genialidad.
O Gonzalo Higuaín, que tuvo en sus pies la posibilidad de cambiar la historia en la final del Mundial de 2014. Quedó solo frente al arco y falló. Desde entonces, su nombre quedó atado a ese instante, como si su carrera entera cupiera en esa definición desviada.
También está Andriy Shevchenko, Balón de Oro, leyenda del Milan. En la final de la Champions de 2005, con todo a favor tras el 3-0 inicial, falló el penal decisivo contra Liverpool. Una noche inexplicable que terminó definiendo su recuerdo en ese partido.
Y cómo no mencionar a Asamoah Gyan, que cargó con el peso de todo un continente en Sudáfrica 2010. Penal en el último minuto del alargue, clasificación histórica a semifinales al alcance de un remate. Travesaño. Silencio. África entera contenida en un suspiro que no fue gol.
Historias distintas, contextos gigantes, desenlaces crueles. Todos tienen algo en común: el juicio fue inmediato. Como si el fútbol no admitiera matices cuando se trata del gol.
Y entonces volvemos a casa. A lo nuestro. A esa sensación de que en Colombia el delantero vive en una cuerda floja permanente. Porque ahí están los casos recientes: John Córdoba ante Paraguay, Duván Zapata frente a Uruguay, Carlos Bacca en momentos clave. Todos goleadores en sus clubes. Todos señalados en la selección.
Y en medio de esa historia aparece el paréntesis luminoso de Radamel Falcao García, quien durante años convirtió el gol en certeza y no en sospecha. Tal vez por eso se le extraña tanto: porque El Tigre nos malacostumbró a los hinchas colombianos.
Pero la pregunta es otra. Más incómoda, más necesaria. ¿Vale la pena seguir haciendo lo mismo? ¿Condenar al delantero por un fallo, reducirlo a un instante, empujarlo al olvido como si no hubiera hecho nada más? ¿O será momento de entender que esa es, precisamente, la naturaleza del oficio?
Porque lo de Luis Suárez no es una excepción. Es parte del juego. Y también está comprobado que es un delantero extraordinario. Tal vez el problema no sea el que falla. Tal vez somos nosotros, que no sabemos esperar el siguiente gol.
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