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Hay amistosos que son trámite y hay otros que son advertencia. Los de esta semana para Colombia, frente a Croacia y Francia, pertenecen claramente a la segunda categoría: son un espejo incómodo, de esos que no mienten a poco más de dos meses del Mundial.
Croacia ya no es aquella selección que sorprendía al mundo; ahora es una que se sostiene desde la experiencia. Todo sigue orbitando alrededor de Luka Modric (Milan), que desafía el paso del tiempo con una elegancia que parece eterna y sigue siendo convocado como faro del equipo. A su lado, Marcelo Brozovic (Al-Nassr) y Mateo Kovacic (Manchester City) garantizan control, pausa y lectura. No hay vértigo, pero sí una claridad que incomoda. No atropella, desgasta. Y eso, en torneos cortos, sigue siendo una virtud peligrosa.
Francia, en cambio, es todo lo contrario: potencia, profundidad y recambio. La lista reciente de Didier Deschamps vuelve a confirmar que el talento le sobra. Está Kylian Mbappé (Real Madrid), por supuesto, el jugador más determinante del planeta en campo abierto, pero también aparecen variantes como Ousmane Dembélé (PSG), Eduardo Camavinga (Real Madrid) y Randal Kolo Muani (Tottenham Hotspur). No solo tiene figuras, tiene jerarquía en todas las líneas y, sobre todo, competencia interna. Es un equipo que puede cambiar medio once sin perder nivel. Por eso siempre parece favorito, incluso cuando no juega bien.
En ese contexto, Colombia llega con una idea clara. La lista de 26 de Néstor Lorenzo no es una prueba: es una declaración. Hay una base consolidada, una estructura reconocible y una intención evidente de no improvisar a estas alturas del camino. Y eso, en principio, está bien. Porque las selecciones que suelen llegar lejos en los mundiales lo hacen desde la repetición, desde la memoria colectiva, desde el convencimiento. No desde la urgencia de última hora. Sin embargo, incluso en los procesos más sólidos hay decisiones que llaman la atención.
La ausencia de Yerry Mina, por ejemplo, resulta difícil de explicar. No solo porque ha sido importante en este ciclo, sino porque, contrario a lo que se creía, está bien físicamente y viene de jugar con el Cagliari. En una defensa donde la experiencia en torneos grandes pesa, su nombre parecía casi fijo. Y luego está lo del “Cucho” Hernández. Figura en Betis, determinante, en forma. Un delantero que ofrece algo distinto, que rompe estructuras, que puede cambiar partidos. Su ausencia, frente a la presencia de Kevin Castaño —hoy suplente en River Plate—, abre un debate legítimo sobre el criterio: continuidad versus momento.
Pero quizás esa sea la clave de Lorenzo. No está eligiendo a los mejores del mes, sino a los que mejor encajan en su idea. Y ahí es donde estos partidos contra Croacia y Francia cobran sentido real. No son solo rivales de élite, son medidores de convicción. Si Colombia compite, si sostiene su identidad, si no se desordena frente a dos estilos tan distintos, entonces el técnico tendrá razón. Porque a esta altura, más que nombres, lo que se pone a prueba es una certeza. Y Colombia, por primera vez en mucho tiempo, parece tener una.
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