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La tentación de destruir

Antonio Casale

13 de julio de 2026 - 07:00 a. m.
Néstor Lorenzo, durante un entrenamiento de la selección de Colombia en el Mundial.
Foto: EFE - Francisco Guasco
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Néstor Lorenzo merece continuar. No por gratitud ni por nostalgia, sino porque ha hecho méritos suficientes para que Colombia construya sobre una base sólida en lugar de volver a empezar de cero, un error que ya cometimos y que nos costó demasiado.

Estamos hablando de un hombre de fútbol. Un entrenador que disputó la final del Mundial de Italia 1990 como jugador de Argentina bajo la conducción de Carlos Salvador Bilardo; que luego integró el cuerpo técnico de José Néstor Pekerman en el ciclo más exitoso de la historia de la selección de Colombia, el que nos llevó por primera y única vez a los cuartos de final de una Copa del Mundo, en Brasil 2014; y que ahora acaba de completar su primer proceso como seleccionador.

El balance es positivo. Colombia disputó una final de Copa América y alcanzó los octavos de final del Mundial, en el que recibió apenas un gol y anotó cinco. Sí, hay aspectos por corregir, como los hay en cualquier selección que aspire a competir con las mejores del planeta. Pero reducir todo el proceso a la eliminación sería desconocer el contexto y el camino recorrido.

Además, Lorenzo ha construido mucho más que un equipo competitivo. Tiene un mapa muy claro del futbolista colombiano en el mundo, hace seguimiento permanente a quienes actúan en distintas ligas y mantiene una relación fluida con los entrenadores de las selecciones juveniles, algo indispensable para garantizar una transición ordenada y una identidad futbolística que no dependa únicamente de una generación.

No olvidemos tampoco la dimensión real de Colombia en el contexto internacional. Hoy solamente diez selecciones aparecen por delante en el ranking FIFA y cerca de 180 están por detrás. Eso no significa conformismo; significa reconocer desde dónde competimos y valorar un proceso que nos mantiene entre los mejores del mundo mientras se busca dar el siguiente salto.

La historia reciente también deja una enseñanza. Cuando terminó el exitoso ciclo de Pekerman decidimos derribar todo lo construido para comenzar desde cero con Carlos Queiroz. Aquella ruptura nos hizo perder tiempo, identidad y competitividad. Repetir ese camino sería desconocer una lección que el fútbol colombiano ya pagó muy cara.

Eso no significa que Lorenzo no deba evolucionar. Al contrario. Hay decisiones que pueden fortalecer su trabajo. La primera sería incorporar un preparador específico para los delanteros. Colombia genera situaciones, pero necesita convertir con mayor frecuencia las oportunidades que crea. La segunda, dedicar un trabajo mucho más profundo a los lanzamientos desde el punto penalti, un aspecto que suele definir torneos cortos y que no puede seguir tratándose como un detalle menor.

También será importante reemplazar la salida de Amaranto Perea con un asistente que complemente a Lorenzo desde otra mirada: alguien más analítico, con mayor respaldo en la data y capaz de ofrecer una visión crítica y diferente durante el desarrollo de los partidos para enriquecer la toma de decisiones en caliente.

Claro que se puede mejorar. Y claro que se debe mejorar. Pero precisamente por eso conviene fortalecer lo que ya existe, corregir lo que haga falta y no volver a empezar desde cero. En el fútbol, como en casi todo, suele ser mucho más inteligente construir sobre lo construido que ceder a la tentación de destruir.

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Foto: El Espectador

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