En Colombia el optimismo futbolero suele ser abundante. A veces necesario. A veces desbordado.
A medida que se acerca el Mundial de 2026 vuelve a instalarse esa sensación conocida: la de que esta selección puede hacer algo grande. El equipo de Néstor Lorenzo compite bien, perdió poco en la eliminatoria y tiene futbolistas que se sostienen en el máximo nivel europeo. El ambiente, entonces, invita a ilusionarse.
Pero el fútbol también se puede mirar con un poco de perspectiva.
La Champions League, que sigue siendo el mejor termómetro del poder real del fútbol mundial, deja una fotografía interesante. En los octavos de final apenas sobreviven tres colombianos: Luis Díaz, Davinson Sánchez y Luis Suárez. Tres buenos futbolistas, tres carreras respetables en Europa. Pero también tres realidades distintas.
Díaz está en Bayern Múnich, en un club que siempre respira noches grandes y que puede competir hasta el final. Sánchez y Suárez juegan en equipos competitivos, sí, pero lejos de ese pequeño grupo de gigantes que normalmente termina levantando la copa.
Si ampliamos el mapa hacia la Europa League, el panorama no cambia demasiado. Siguen con vida Nelson Deossa y el Cucho Hernández en Betis, además de Jhon Lucumí en Bologna. Buenas presencias, carreras serias, jugadores que representan bien al país en ligas importantes. Pero ninguno, al menos hoy, en un equipo que parezca candidato a dominar Europa.
No es una crítica. Es una fotografía. Porque el fútbol de selecciones casi siempre termina reflejando, tarde o temprano, el peso que sus jugadores tienen en los clubes más poderosos del planeta. Argentina tiene campeones del mundo repartidos en media docena de gigantes europeos. Francia produce titulares para todos los grandes. Inglaterra, España, Alemania o Brasil siguen fabricando figuras con una regularidad asombrosa.
Colombia hoy tiene un crack global: Luis Díaz.
Y eso tampoco es poca cosa. Díaz juega, decide partidos, desequilibra defensas y aparece en los escenarios más exigentes del fútbol mundial. Es un futbolista capaz de cambiar el destino de un partido grande.
Pero una selección rara vez se sostiene solo en un nombre.
Por eso el ranking FIFA, con todas sus discusiones, sirve como referencia. Colombia suele moverse alrededor del puesto 13 del mundo. No es una mala ubicación. Al contrario: es el lugar de una selección respetada, competitiva, incómoda para cualquiera.
Pero también es una pista bastante clara sobre nuestras probabilidades.
Un equipo ubicado alrededor del puesto 13 del planeta, en un Mundial de 48 selecciones, tiene como objetivo lógico llegar a octavos de final. A partir de ahí empieza otra historia. La de las sorpresas, los cruces favorables, los días inspirados.
Colombia ya vivió algo así en Brasil 2014, cuando alcanzó los cuartos de final y firmó el mejor Mundial de su historia. Repetirlo sería extraordinario. Superarlo sería histórico.
Tal vez por eso lo más sano sea no inflar el sueño antes de tiempo.
El fútbol, claro, es un deporte colectivo. Los equipos pueden superar a las individualidades. Las gestas existen y las sorpresas también. Pero la historia casi siempre termina siendo bastante honesta con el talento disponible.
Esta selección tiene cosas buenas. Tiene orden, tiene competitividad y tiene a Luis Díaz, que ya es un jugador de primer nivel mundial.
Quizás lo más sensato sea mirar el Mundial con ambición, pero también con contexto. Ir partido a partido, como dicen los técnicos, entendiendo el lugar que ocupamos.
Porque cuando uno entiende el tamaño real de sus fuerzas, también aprende a disfrutar mucho más las hazañas.
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