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No todo está en venta

Antonio Casale

03 de agosto de 2026 - 07:00 p. m.
El presidente de la FIFA, Gianni Infantino, se reúne al margen de la asamblea electiva de la federación italiana de fútbol (FIGC), en Roma, Italia, el 3 de febrero de 2025. La FIGC celebra una asamblea para elegir a su nuevo presidente, siendo el presidente en funciones, Gravina, el único candidato
Foto: EFE - FABIO FRUSTACI
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Hay días en los que Gianni Infantino parece convencido de que todo lo que toca puede convertirse en un negocio. Y, para ser justos, durante los últimos años casi siempre ha tenido razón.

Más partidos. Más selecciones. Más torneos. Más patrocinadores. Más ingresos. La lógica ha sido sencilla: si el fútbol genera dinero, hagamos más fútbol. O, mejor dicho, más productos alrededor del fútbol.

Esta vez, sin embargo, se pasó de la raya. La idea de abrir la puerta para que fondos de inversión y grandes actores financieros ajenos al negocio tradicional del fútbol participaran en la explotación comercial de los futuros Mundiales terminó provocando una reacción que la FIFA seguramente no esperaba. Traducido al lenguaje de quienes no siguen estas discusiones corporativas: se trataba de permitir que inversionistas pusieran dinero hoy a cambio de quedarse con una parte de los gigantescos ingresos que generarán los Mundiales de los próximos años. No era una discusión menor. Era convertir el principal patrimonio del fútbol en un activo financiero más.

Y ahí apareció un límite. La presión de las ligas europeas, de la UEFA y de varios actores del fútbol obligó a Infantino a echar para atrás la iniciativa. Un reversazo de esos que pocas veces se ven en un organismo acostumbrado a imponer condiciones y recibir aplausos.

Lo curioso es que la resistencia no nació precisamente en un convento de románticos. Surgió en Europa, donde el fútbol mueve cifras obscenas, donde los clubes son empresas multinacionales y donde un lateral cuesta lo que hace veinte años valía una institución completa.

Por eso el mensaje tiene todavía más valor. Porque nadie está diciendo que el fútbol deba vivir de la caridad. Nadie desconoce que hace décadas dejó de ser únicamente un deporte para convertirse también en una industria. El problema aparece cuando la industria empieza a comerse el deporte. Cuando el negocio ya no acompaña al fútbol sino que pretende reemplazarlo. Cuando todo tiene precio y nada parece tener valor.

Da la impresión de que la FIFA, en su afán de monetizar absolutamente todo, olvidó un detalle esencial: los Mundiales no le pertenecen. Los administra. Es distinto. Son patrimonio de millones de personas que crecieron organizando su vida cada cuatro años alrededor de un calendario que no necesitaba fondos de inversión para emocionar al planeta.

Ojalá esta marcha atrás no sea simplemente una pausa para encontrar un camino diferente hacia el mismo destino. Porque si este viraje es genuino, el fútbol acaba de enviar un mensaje mucho más importante que cualquier resultado de fin de semana. En tiempos en los que pareciera que todo tiene un precio, el fenómeno cultural más poderoso de la era moderna acaba de recordar que todavía existen cosas que no deberían ponerse en venta.

Y eso, curiosamente, lo terminó enseñando una industria que mueve miles de millones de dólares. Tal vez ahí esté la mejor noticia de todas. Incluso en el negocio más grande del planeta puede aparecer, de vez en cuando, alguien que recuerde que no todo es un negocio.

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Foto: El Espectador

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