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Hay algo que no termino de entender —y quizá nunca entienda— en la relación entre el país y James Rodríguez. No es la crítica futbolística, válida, necesaria y hasta saludable. Es otra cosa. Es un rechazo que por momentos parece visceral, desproporcionado, como si estuviéramos hablando de alguien que le ha hecho daño al país. Y no.
Estamos hablando de un futbolista que, entre otras cosas, fue goleador de un Mundial. No de cualquier Mundial: del de la Copa Mundial de la FIFA 2014. Seis goles. El mejor de todos. El dueño del gol más hermoso del torneo. El jugador que llevó a Colombia a su mejor actuación histórica hasta ese momento. Eso no es opinión. Es dato.
Después vino su fichaje por Real Madrid, uno de los clubes más grandes del planeta. Y ahí también respondió. No fue un adorno. Fue protagonista en títulos grandes. Jugó, asistió, marcó y compitió.
Y además fue a la Premier League, un territorio históricamente esquivo para los futbolistas colombianos en posiciones ofensivas. No abundan los casos. No es una liga que regale espacios ni prestigio. Y él estuvo ahí, compitiendo, siendo parte de ese nivel de exigencia.
¿Que su carrera no fue lineal? Claro que no. ¿La de quién sí? Su paso por el Bayern de Múnich, por ejemplo, dejó la sensación de que pudo haber sido más largo, más sólido y más definitivo. Decisiones discutibles, momentos en los que eligió salir en lugar de quedarse a pelear. Sí, todo eso es cierto. También lo es que nunca fue un jugador conflictivo, no tuvo ni un problema en el vestuario y tampoco un escándalo permanente.
Nunca ha sido más que un futbolista que quiso —y quiere— jugar bien. Y ahí es donde la conversación se tuerce. Porque en Colombia parecería que el error no se perdona, pero el talento tampoco se celebra con tranquilidad. A James Rodríguez se le reconoce como a pocos, pero se le exige como a ninguno. Cada partido es un juicio. Cada gesto, una sospecha. Cada convocatoria, una polémica.
Como si estuviera en deuda. Y no. Nos dio —y nos sigue dando cuando puede— alegrías genuinas. De esas que detienen el país, que nos hacen sentir parte de algo más grande. De esas que no se compran ni se fabrican. Se viven. Y él fue protagonista de varias.
Entonces vuelvo a la pregunta: ¿por qué lo odian? Tal vez tenga que ver con algo más profundo que el fútbol. En un país de pocas oportunidades, en el que abrirse camino es tan difícil, la sospecha de que alguien pertenece a una “rosca” despierta resistencias casi automáticas. Molesta e irrita. Genera una distancia emocional. Sin embargo, este no es el caso.
James Rodríguez no se ganó un lugar en una rifa. No llegó por azar. No fue elegido por capricho. Se ganó la confianza de sus entrenadores con trabajo, con rendimiento, con talento. Con lo único que puede sostener a un futbolista en la élite.
Se puede discutir su presente. Se puede analizar su nivel. Lo que no se puede —o no se debería— es tratarlo como si hubiera hecho algo imperdonable. Porque no, no lo ha hecho.
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