Hay quienes consideran un despropósito que el fútbol colombiano vuelva a jugarse el 19 de agosto, apenas unos días después de una tragedia que tiene al país sumido en el dolor. Lo entiendo. Frente a una situación de esta magnitud, cualquier celebración puede parecer fuera de lugar.
Sin embargo, también entiendo la otra posición. El fútbol, como cualquier industria, genera empleo, ingresos y entretenimiento. No puede detenerse indefinidamente. Y, sobre todo, la vida, por dolorosa que sea, algún día tiene que empezar a ponerse de pie.
Lo cierto es que pocas veces el fútbol había sido tan solidario frente a una tragedia. La Conmebol y la Federación Colombiana de Fútbol donaron conjuntamente un millón de dólares para atender a los damnificados. Jugadores y clubes colombianos han organizado colectas y actividades de ayuda. James Rodríguez, Falcao, Jhon Arias y muchos otros futbolistas han hecho sentir su solidaridad. El fútbol internacional también se ha manifestado. En España, LaLiga dispuso un minuto de silencio por las víctimas antes de los partidos de la primera jornada.
En Bogotá, El Campín ha seguido funcionando, incluso, como centro de acopio para recibir ayudas destinadas a los damnificados.
No hay un día ideal para reanudar la liga después de una tragedia así. El dolor no desaparecerá el 19 de agosto, ni el 25, ni en septiembre. La reconstrucción de las zonas afectadas puede tardar años, y las heridas humanas, mucho más.
Quizás por eso no se trata de juzgar la fecha, sino de entender la dificultad de quienes deben tomar una decisión para la que nadie estaba preparado.
Hay un antecedente que vale la pena recordar. Después del terremoto de Armenia de 1999, la Dimayor aplazó una semana el campeonato y los clubes anunciaron una donación. También se organizó un partido benéfico relacionado con la selección de Colombia y Boca Juniors que apenas reunió unos 15.000 espectadores. El fútbol, además, tuvo sus propias víctimas: los argentinos Diego Montenegro y Rubén Bihurriet, que llegaban al Deportes Quindío, murieron en el terremoto.
Esta vez la respuesta ha sido distinta. Más inmediata, más visible y más extendida. Por eso, cuando vuelva el fútbol, los estadios no deberían ser solamente lugares para jugar partidos. Pueden ser centros de solidaridad, de recolección de ayudas, de homenaje y de memoria. Cada jornada puede servir para acompañar a quienes todavía sufren.
El fútbol no puede reconstruir una ciudad ni devolver una vida. Pero sí puede acompañar, recaudar, abrazar y ayudar a que un país empiece a levantarse. No hay una fecha perfecta. Habrá dolor el día que vuelva la pelota, cualquiera que sea. La pregunta no debería ser si el fútbol puede regresar mientras el país sufre, sino cómo puede regresar para ayudar al país a levantarse.
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