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¿Y si el problema no duele lo suficiente?

Antonio Casale

20 de abril de 2026 - 06:00 a. m.
José Escorcia marcó un doblete en la semifinal contra Brasil.
Foto: FCF
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Mientras las selecciones juveniles de Colombia —Sub-17 y Sub-20— compiten, seducen y llegan a finales en los torneos suramericanos, el fútbol de clubes en categoría mayores atraviesa una mediocridad internacional que ya no sorprende. Y eso, justamente, es lo más inquietante: que dejó de doler.

Porque perder puede ser parte del juego, pero acostumbrarse a perder es otra cosa. Los equipos colombianos participan en Copa Libertadores y Sudamericana con más resignación que ambición. Compiten, sí, pero rara vez convencen. Y cuando quedan eliminados, la reacción del llamado “establecimiento” del fútbol —dirigentes, ligas, entes organizadores— es de una pasmosa tranquilidad. Como si no pasara nada.

¿Hay un vacío en la formación táctica del futbolista colombiano cuando llega a primera división? La inquietud no es caprichosa. Técnicos como Renato Gaúcho han sugerido que el talento existe, pero que hay déficits en conceptos colectivos, en lectura de juego, en disciplina táctica. Y ahí aparece la primera grieta: lo que se construye bien en selecciones juveniles parece diluirse en el tránsito hacia el profesionalismo.

Entonces surgen más preguntas incómodas. ¿Los clubes están contratando mal? ¿Los extranjeros que llegan realmente marcan diferencia o apenas llenan cupos? ¿Se perdió el ojo para elegir refuerzos o ya no hay presupuesto para competir en ese mercado? Porque otra sensación es que el fútbol colombiano dejó de ser atractivo incluso para ese tipo de fichajes que antes elevaban el nivel.

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También cabe preguntarse si los torneos internacionales siguen siendo una prioridad. ¿Importa de verdad avanzar en Libertadores o Sudamericana? ¿O el modelo económico del fútbol colombiano se acostumbró a sobrevivir con la liga local, los derechos de televisión y la venta ocasional de jugadores?

Ahí hay otro punto clave: la vitrina. Durante años, el torneo colombiano fue una plataforma visible hacia Europa. Hoy, esa vitrina parece más opaca. Los grandes saltos se están dando desde ligas vecinas o directamente desde procesos juveniles bien estructurados. Entonces, ¿qué estamos ofreciendo?

La discusión, inevitablemente, lleva a la estructura. Desde el formato de la liga —que premia la irregularidad y castiga la planificación— hasta el trabajo en divisiones menores, pasando por los criterios de contratación y la falta de proyectos deportivos sostenidos. En Colombia no hay equipos buenos y malos: hay equipos caros y baratos. Y ni siquiera los caros garantizan competitividad internacional.

Por eso sorprende el silencio. ¿Qué piensan los dueños que invierten cifras importantes? ¿No les inquieta que su producto pierda valor fuera de casa? ¿No hay un interés común por elevar el estándar?

Tal vez ha llegado la hora de un cónclave real, profundo, incómodo si es necesario. No para buscar culpables, sino para asumir responsabilidades. Porque el talento está —lo demuestran los jóvenes—, pero el sistema no lo está potenciando.

Y si el problema no duele lo suficiente, entonces seguirá pasando lo mismo: competiremos… para quedar afuera.

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Foto: El Espectador

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