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Castillo de naipes

Arlene B. Tickner

18 de agosto de 2021 - 12:05 a. m.

Si bien era difícil imaginar un final distinto, la velocidad con la cual los talibanes ocuparon el territorio entero, las milicias regionales progobierno cambiaron de bando, las fuerzas de seguridad se desmoronaron y los representantes estatales electos salieron corriendo ha sido asombrosa.

Opinión
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Tras veinte años, más de US$800.000 millones, la presencia de hasta 110.000 tropas extranjeras, decenas de miles de bajas en combate y más de 100.000 muertos y heridos civiles, por no hablar de los otros estragos de tan larga guerra, el presidente Ghani huyó y los talibanes se proclamaron autoridad de facto de Afganistán. Si bien era difícil imaginar un final distinto, la velocidad con la cual los talibanes ocuparon el territorio entero, las milicias regionales progobierno cambiaron de bando, las fuerzas de seguridad se desmoronaron y los representantes estatales electos salieron corriendo ha sido asombrosa.

Mientras que los 75.000 insurgentes han luchado por convicción desde que fueron desplazados del poder en 2001, los 300.000 militares y policías afganos entrenados y equipados por Estados Unidos y la OTAN han ejercido sus funciones más por dinero u obligación que por lealtad, diferencia que se tradujo en una falta de voluntad de lucha ante las avanzadas talibanas. La corrupción endémica que ha caracterizado la relación gubernamental con las fuerzas de seguridad, así como con los poderes locales, también socavó su legitimidad ante amplios sectores de la población civil, con lo cual su sobrevivencia terminó dependiendo del apoyo externo. La estocada definitiva para que cayera este castillo de naipes fue el trato hecho por Trump con los talibanes a espaldas del gobierno afgano para retirar las tropas estadounidenses, lo cual dejó sin piso la posibilidad de una transición política negociada. A Biden se le puede achacar la premura con la que quiso completar esta salida, la cual puede haber agravado el caos y agudizado la situación humanitaria, pero no la inevitable decisión de poner fin a la ocupación.

Lo que puede ocurrir de aquí en adelante no es alentador. Si bien antes del blitzkrieg talibán había la esperanza de que los insurgentes aceptaran algún arreglo de poder compartido —y a eso apuntaban las negociaciones que seguían teniendo lugar en Doha—, la toma de Kabul y la declaración del Emirato Islámico de Afganistán han eliminado dicho camino. Queda el desafío de reducir la espiral de violencia, aunque algunos de quienes lideraron la avanzada territorial pertenecen a generaciones jóvenes más radicalizadas cuyas tácticas son aún más brutales. A su vez, la moderación del discurso público de los talibanes contrasta con la certeza de que impondrán de nuevo su versión estricta de la sharía, con lo cual aumentará la represión a ciertos grupos, comenzando por las niñas y mujeres.

Hasta qué punto jugará el desconocimiento internacional queda por verse. En los años 90, solo Pakistán, Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos reconocían al régimen; pero ahora, incluso el fuerte respaldo pakistaní se convierte en arma de doble filo, ya que el éxito de los talibanes puede animar a otros grupos como Al Qaeda y Estado Islámico a movilizarse o reconvertir a Afganistán en santuario operativo, lo cual será visto como una amenaza en todo el vecindario, incluyendo a China, cuya oferta de relaciones amistosas con los talibanes oculta el temor de un derrame de milicias islamistas. Una vez más la convicción imperial de poder construir un proyecto de Estado a su antojo, imponer la democracia a la fuerza y “enseñar a gobernar” ha mostrado ser un fiasco.

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