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Choque ontológico y paz decolonial

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Arlene B. Tickner
24 de febrero de 2016 - 05:17 a. m.
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Durante la última década, Bolivia y Ecuador se convirtieron en los primeros países del mundo en reconocer a la madre tierra (o la Pachamama) como sujeto de derechos igual a los demás seres vivos.

Sin embargo, han sido recurrentes las disputas entre estos y otros gobiernos “progresistas” y las comunidades étnicas en torno al neoextractivismo practicado con fines de distribución social. Muchas veces la oposición de aquellas ha sido descalificada como “infantil” y “primitiva”, sobre todo cuando se refiere a los deseos de las montañas, los ríos, los pájaros o los ancestros como argumento.

La implementación de los acuerdos de La Habana enfrenta un desafío similar, toda vez que la tipificación de las víctimas del conflicto en los decretos ley 4633 y 4635 de 2011 le otorga al territorio dicha condición, y el punto cinco de las negociaciones, sobre la reparación integral, contempla un enfoque territorial y diferencial. Si bien la ley reconoce que la identidad cultural y los derechos individuales y colectivos de los indígenas y los afrodescendientes no se pueden entender en aislamiento del territorio y la naturaleza, aceptar que los “seres de la tierra”, además de derechos, tienen agencia política, resulta impensable desde la concepción moderna occidental de la relación separada y jerarquizada entre humanos y no humanos.

Por más sensibles que creamos ser frente a la necesidad de incluir a los grupos sociales históricamente marginados en el proceso de construcción de la paz en Colombia con miras a reparar los daños que han sufrido (y no solamente a causa del conflicto), solemos simplificar sus diferencias como formas diversas de conocer la realidad. El problema es que las comunidades indígenas y afrodescendientes no solo piensan distinto a partir de sus vivencias particulares, sino que a través de sus prácticas sociales también constituyen mundos alternativos. En estos, la distinción humano/no humano no existe, sino que todo es parte de un cosmos interrelacionado en el que los “seres de la tierra”, los ancestros y hasta los dioses desempeñan un rol protagónico. Lo que se ha denominado como la colonialidad del poder, opera para suprimir estas otras realidades que constituyen el pluriverso, descalificándolas como “premodernas” o absorbiéndolas como creencias disímiles sobre el mundo en singular, dentro del espíritu de la “tolerancia multicultural”.

¿Qué hacer con este choque ontológico? A diferencia de las comunidades indígena y afro, que se van visto forzadas a presentar sus reclamos dentro de los límites antropocentristas fijados por la cosmovisión moderna occidental, como mínimo una paz decolonial –que sería la única genuina– exige defender la coexistencia de estos mundos alternativos y el derecho a habitarlos. Entre los muchos desafíos que ello plantea, la restitución de tierras y la protección del territorio, aunque pasos indispensables, no serán suficientes como medidas de reparación a la víctima llamada naturaleza. 

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