15 Sep 2021 - 1:13 p. m.

Diplomacia cultural para “dummies”

Durante décadas recientes la diplomacia cultural ha crecido en importancia como herramienta de poder blando que busca promover los intereses nacionales mediante el intercambio de ideas y valores y el fomento de la cooperación sociocultural. En contextos caracterizados por la existencia de tensiones o el desconocimiento mutuo se trata de un vehículo que crea puntos de encuentro que ayudan a construir relaciones más estables y pacíficas. Si bien su ejercicio ha sido asociado con los estados, involucra necesariamente a actores no estatales al promover la interacción transfronteriza entre diferentes productores y consumidores de bienes culturales. En este último sentido, la diplomacia cultural exige que los gobiernos reconozcan a las comunidades creativas como participantes activos en su desarrollo, incluso cuando las posiciones de estas no coinciden o parecen contrarias. Así, para que un gobierno ejerza una diplomacia cultural robusta, debe estar también dispuesto a ceder el control sobre las listas de “reconocidos” voceros de la cultura que se reclutan para representar a cualquier país en el extranjero.

Por más que nuestro Ministerio de Relaciones Exteriores ha priorizado en el papel una estrategia que busca promover a Colombia “como un país contemporáneo, innovador, diverso, inclusivo y comprometido con la búsqueda de la convivencia pacífica” el ejercicio real de la diplomacia cultural colombiana dista bastante de ese ideal. Aunque el lugar marginal que ocupa la cultura, generalmente “oficial” – es decir, patrocinada y controlada por el Estado -- dentro de la política exterior no es cuestión de un solo gobierno, la torpeza de este en relación con la Feria del Libro de Madrid bate todo récord. Al ser el invitado de honor, España le entregó en bandeja de plata a Iván Duque la oportunidad de mejorar la imagen nacional y de paso la propia en el evento más importante de habla hispana del mundo. Empero, en lugar de mostrar una “Colombia Diversa y Vital” la lista de escritores participantes evidenció un tufillo de veto frente a aquellas y aquellos más críticos del mandatario.

Como era de preverse, la burda afirmación del embajador Luis Guillermo Plata de que se trató “de tener cosas neutras donde prime el lado literario de la obra” trascendió ampliamente en los medios colombianos y de España. Pero allá, Duque no solo fue acusado de censura y de “dinamitar la Feria”, sino que la invitación de que aquellos connacionales que viven en Madrid “se reencontrarán con sus raíces culturales” ha actuado como chispa adicional entre los numerosos exiliados y víctimas del conflicto que han organizado marchas de protesta frente al que consideran un gobierno tanto displicente como violador de los derechos humanos. Varias parlamentarias españolas se han sumado a estas críticas, exigiendo de paso la cancelación de la condecoración de la Gran Cruz de Isabel la Católica, una de las máximas otorgadas por el Estado español, que se propone entregar a Duque durante su visita.

Para un gobierno que afirma haber hecho de la cultura el centro de su estrategia de innovación mediante la tal “economía naranja”, el de Duque no da pie con bola. La cereza del pastel es el contrato millonario firmado para adquirir 1,409 monedas grabadas con su nombre y bañadas en oro de 24 quilates, para entregar en los actos protocolarios que le quedan como Presidente.

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