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El Papa y el patriarcado

Arlene B. Tickner

12 de enero de 2022 - 12:05 a. m.

El vínculo entre las necesidades del catolicismo y el del capitalismo a la hora de despojar a las mujeres del control sobre sus vidas con miras a garantizar la división sexual del trabajo es innegable.

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No cabe duda de que el papa Francisco ha revigorizado la visión progresista del Concilio Vaticano II mediante una aproximación pastoral sensible a las experiencias vividas de los grupos más desaventajados y sus posturas críticas frente a diversos asuntos políticos, sociales y ambientales. Sin embargo, y aun reconociendo los gestos de apertura que ha tenido el pontífice hacia el género y la sexualidad, en esta área neurálgica no ha cambiado prácticamente nada. Como lo confirman sus observaciones recientes acerca del egoísmo de quienes prefieren adoptar gatos y perros, y el empequeñecimiento de la humanidad de aquellos que niegan la maternidad o deciden tener un solo hijo, Francisco también se acoge a las enseñanzas de la Iglesia católica acerca de la mujer, su función reproductiva y la autoridad otorgada por Dios a los hombres y las instituciones dominadas por ellos para controlar el cuerpo femenino.

No es la primera vez que el papa deja entrever la contradicción señalada. Hace unos años ya había regañado a las parejas que decidiesen no tener hijos, no sin antes aconsejar “no procrear como conejos”, algo que también estimó irresponsable por más que su idea de “paternidad responsable” no contemplara si no la planeación familiar natural endosada por el catolicismo. A su vez, en su exhortación apostólica Amoris Laetitia de 2016, exhibe sensibilidad hacia los estereotipos basados en género y critica prácticas como la violencia doméstica, la mutilación genital y la comercialización del cuerpo femenino en los medios, pero ello no obsta para que ratifique su visión conservadora acerca de la familia, el matrimonio y los derechos reproductivos, incluyendo el rechazo a la fertilización in vitro. Ni hablar de su intolerancia frente a la adopción por parejas del mismo sexo.

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Por más que el modelo que predica Francisco en prácticamente todos los frentes ha sido el del diálogo, en este ámbito particular una jerarquía eclesiástica exclusivamente masculina y con severos cuestionamientos morales por la pederastia extensiva practicada por sus clérigos, sigue siendo el dueño único de las enseñanzas católicas sobre la sexualidad y la familia, sin interlocución alguna con las mujeres y otros sectores afectados, como la comunidad LGBTI. Es en este punto que vale la pena recordar que el patriarcado y el control del cuerpo femenino subyacen todo proyecto de dominación no solo religioso, sino económico, político y racial, con lo cual no es atrevido afirmar que posturas como las de la Iglesia católica, por no hablar de otras religiones, se cuentan entre sus cómplices principales. Además de alimentar a la extrema derecha, en la que la vigilancia corporal se manifiesta en la oposición a los derechos reproductivos, incluyendo el aborto y el de no tener hijos, el vínculo entre las necesidades del catolicismo y el del capitalismo a la hora de despojar a las mujeres del control sobre sus vidas con miras a garantizar la división sexual del trabajo es innegable.

Así, desde la historia de origen de la Biblia —en la que Eva fue creada de la costilla de Adán para después tentarlo a desobedecer a Dios y así convertirse en culpable del pecado original— la construcción del hombre y la mujer, así como de la reproducción ha fomentado un orden social patriarcal cuyos cimientos siguen siendo robustos.

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