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La entrada en escena de Cassius Clay, nombre de “esclavo” que abandonó en 1964 al convertirse al Islam y rebautizarse, Mohamed Ali, coincidió con una era de profunda transformación signada por el movimiento de los derechos civiles en Estados Unidos, la guerra en Vietnam y la descolonización de África y Asia.
De la mano del nuevo medio masivo “caliente” —la televisión— este atípico boxeador se convirtió en un ícono mundial sin parangón, no solo ni principalmente por sus aportes al deporte sino por inspirar a generaciones de afrodescendientes y musulmanes.
De la misma forma que Ali boxeaba con fuerza bruta pero elegante, no vacilaba al hablar en contra la opresión y la injusticia. De su lindo rostro —del que hacía gala siempre— salía una voz melódica que hablaba con rima pero que apuntaba como un aguijón a los temas más sensibles de la época, en especial el racismo. Por ello el apodo, flota como mariposa, pica como abeja resultara tan apropiado dentro y fuera del ring.
En el centro de las críticas del autoproclamado G.O.A.T. (mejor de todos los tiempos), estuvo siempre la hipocresía del “establecimiento”. Después de ganar el oro en los Juegos Olímpicos de 1960 desechó la medalla en el río Ohio por indignación al no ser atendido en un establecimiento “solo para blancos” de su propio país. Cuando se rehusó a enlistar en la guerra por objeción de conciencia y fue despojado de su título, proclamó “¿cómo me piden… lanzar bombas y balas a la gente café en Vietnam mientras los denominados negros en Louisville son tratados como perros y sus derechos humanos son negados?”. Igualmente controversial fue su rechazo de todo patrocinio comercial proveniente del “maldito dinero del hombre blanco”.
La conexión del boxeador con África era profunda. Su rol en la lucha por los derechos civiles estadounidenses, su promoción desacomplejada del “orgullo negro” y su defensa del islamismo y del pan-africanismo lo hicieron campeón natural de las causas del continente recién independizado. Su visita a Ghana, Nigeria y Egipto en 1964 y su famosa pelea contra George Foreman en Kinshasa, Zaire en 1974 fueron no menos que sísmicas. En la autobiografía de Malcolm X, el polémico líder afroamericano reconoce el alcance global de su examigo al afirmar que “captura la imaginación y el apoyo de todo el mundo oscuro”.
Después de los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001, y casi de forma premonitoria, Ali también advirtió de los peligros de estigmatizar al Islam como violento y a los musulmanes como extremistas. Hace pocos meses, emitió una declaración pública en el mismo sentido ante el llamado del candidato presidencial Donald Trump de prohibir el ingreso de musulmanes a Estados Unidos.
Sin duda, la manera particular de Mohamed Ali de decir la verdad al poder trazó una hoja de ruta clave para la justicia racial y religiosa global. En momentos en los que el racismo y la islamofobia están alborotados, su legado cobra un significado inmenso.
