El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

La nueva tendencia antidemocrática

Arlene B. Tickner

22 de marzo de 2022 - 09:00 p. m.

Una tendencia nueva acecha al mundo, tanto en el norte como el sur. Se trata del cuestionamiento de los resultados electorales y la manipulación de la información en torno a ellos como táctica que diferentes fuerzas antidemocráticas han comenzado a desplegar en lugares tan diversos como Alemania, Brasil, Estados Unidos, Israel, Perú y ahora Colombia.

PUBLICIDAD

Desde hace varias décadas, la participación en elecciones ha ido en descenso, en abierta señal de los problemas que enfrenta la democracia. Aunque ello no significa que la gente haya dejado de participar en la vida política de los países, como se evidencia en el auge de otras formas de activismo cívico —incluyendo la protesta social masiva—, lo que sí refleja es una desconfianza creciente ante los instrumentos democráticos convencionales, entre ellos el proceso electoral. En un contexto internacional caracterizado por la crisis de legitimidad de las instituciones, la multiplicación de fuentes de información y, con ella, de las oportunidades para desinformar, el costo en términos de reputación de manipular la opinión pública y mentir en el proceso político ha decrecido sustancialmente. Para la muestra, después de desconocer los resultados electorales e incitar a que sus seguidores se tomaran el Capitolio con miras a impedir la consumación de la “gran mentira”, Trump no solo no ha sido condenado por sus actos criminales, sino que figura como candidato seguro de los republicanos en las próximas presidenciales.

Aunque Trump no inventó el guion para esta táctica particular de “desdemocratización”, no cabe duda de que lo perfeccionó y lo regularizó entre otros actores antidemocráticos mediante una suerte de efecto demostración. Su caja de herramientas incluye, primero, la difamación de quienes se consideran la oposición mediante el uso de apodos política y emocionalmente cargados, como comunista, socialista, criminal, loco, perdedor o, en contextos como el colombiano, terrorista, narco y castrochavista, con miras a deslegitimarla, insinuar la existencia de un supuesto peligro y producir miedo. Segundo, antes de elecciones se comienza a cuestionar la integridad de estas con miras a sembrar duda entre los electores para que después, si el resultado no es el deseado, acudir a estrategias de desinformación que “confirmen” lo que se especuló originalmente: no se puede confiar en los resultados.

Lo que han hecho los expresidentes Uribe y Pastrana, así como figuras claves del Centro Democrático, comenzando por la cabeza de lista y senador electo Miguel Uribe no es menos que poner en entredicho el conteo de votos en las elecciones pasadas y llamar a desconocerlas. Algo jamás visto en la historia política reciente de Colombia, tal vez no desde la cuestionada elección de Misael Pastrana, en 1970. Sin embargo, esta condenable jugada no es del todo inesperada a la luz de la tendencia descrita, así como la certeza de que al menos los “amigos” del Partido Republicano, hoy una clara fuerza antidemocrática en EE. UU., no tendrán reparo alguno frente a lo que se está fraguando. De ahí que la apelación colectiva a las reglas y los procedimientos de la democracia electoral, por más imperfectos que sean, sea el único antídoto al golpe institucional que se está ambientando.

👀🌎📄 ¿Ya te enteraste de las últimas noticias en el mundo? Te invitamos a verlas en El Espectador.

Conoce más
Ver todas las noticias
Read more!
Read more!
El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.