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En lo que a su imagen internacional se refiere, Israel (al igual que Irán, Corea del Norte o Venezuela) se zapatea a sí mismo.
Entre el embargo a Gaza —el cual ha sido descrito como una de las violaciones más grandes a los derechos humanos en el mundo—, la decisión reciente de construir nuevos asentamientos en Jerusalén Oriental —a sabiendas de que éstos constituyen el combustible básico del conflicto con los palestinos— y ahora el uso desproporcional de fuerza contra una flotilla humanitaria en la que participaban renombrados activistas, periodistas, legisladores, escritores y hasta un Premio Nobel, el gobierno de Netanyahu ha logrado marginar a aliados fundamentales de la región, especialmente Turquía, entorpecer las conversaciones indirectas de paz que se iniciaron hace poco con la mediación de Estados Unidos y acabar con la credibilidad externa israelí.
Estas y otras gaffes, cometidas en nombre de un instinto profundo de autopreservación, hacen casi imposible creer en la victimización de la cual Israel dice ser objeto. Claro está que existen condiciones objetivas que explican esta actitud, principalmente el hecho de ser un Estado judío, rodeado de países entre inamistosos, hostiles, algunos de los cuales niegan su derecho de existir, y en guerra permanente.
La obsesión con la seguridad ha generado una tensión irreconciliable entre las aspiraciones históricas de Israel a ser reconocido como un país occidental y democrático que cumple con las reglas de juego internacionales y la adopción de comportamientos hacia los vecinos y el “enemigo palestino” basados en el realpolitik, los cuales rayan a veces con terrorismo de Estado. Claramente lo segundo terminó ganándole a lo primero.
Pese a ello, la idea de que el mundo “odia” a los judíos —que ha sido explotada especialmente por la derecha israelí— también tiene hondas raíces culturales, sobre todo una historia de 2.000 años de persecución religiosa que culminó en el exterminio de seis millones de judíos durante el Holocausto.
Así, aun cuando la sobrevivencia israelí no está en juego —como ocurrió con la misión humanitaria— el síndrome de inseguridad que caracteriza a los gobernantes y a la población en general hace que cualquier incidente que involucra temas sensibles —léase Gaza, asentamientos, Estado palestino, Irán, entre otros— sea interpretado en clave de seguridad.
Acciones como la de esta semana actúan para aislar aún más a Israel de la comunidad internacional y aumentar las presiones para que ponga fin al embargo. Con 80% de sus 1,5 millones de habitantes dependientes de la ayuda externa para sobrevivir, escasez de medicamentos, atención médica, agua, luz y vivienda —la cual fue destruida durante la guerra de enero 2009— y desempleo masivo, Gaza constituye la principal fuente de sentimientos antiisraelí en el mundo.
Si bien en la decisión de declararle la guerra a Hamás y endurecer el embargo, Israel esperaba derrotar a este grupo (que controla Gaza desde 2007) y obligarlo a parar los ataques hacia ese país, la verdadera lección parece ser que los países “tóxicos” como este se derrotan solos. Y en la medida en que Estados Unidos siga vinculando sus propios intereses en Oriente Medio con la paz con Palestina, la soledad de Israel sólo puede crecer.
