Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
La publicitada visita de Nancy Pelosi a Taiwán –la de más alto nivel desde 1997– es el más reciente capítulo del proceso de deterioro en las relaciones entre Estados Unidos y China, y del delicado acto de balanceo que ha caracterizado el manejo de la cuestión taiwanesa.
La política de una sola China y la ley de relaciones con Taiwán constituyen el marco general dentro del cual Estados Unidos sostiene una relación oficial con la República Popular China y otra no oficial con la isla. En ese, se relaciona con el gobierno de la primera como el único legal de China y mantiene interacciones culturales y económicas robustas, incluyendo la venta de armamento, con la segunda, sin reconocer la independencia taiwanesa ni la soberanía china. A pesar de los episodios recurrentes que lo han puesto a prueba, este arreglo se ha mantenido por más de 40 años.
No obstante, desde hace varios años, tanto Washington como Pekín han adoptado posiciones que amenazan con romper el statu quo. Si bien el gobierno de Biden se ha distanciado de los gestos no tan sutiles de reconocimiento de Trump de Taiwán, en tres oportunidades ha afirmado que Estados Unidos intervendría militarmente si su contraparte llegase a invadir en respuesta a las incursiones chinas en el espacio aéreo y áreas marítimas cercanas. Por más que esas declaraciones –así como las hechas por Pelosi ayer desde la isla– siempre tienen de posdata la promesa de que se mantendrá la posición estadounidense de “ambigüedad estratégica”, aquellas han ido reduciendo el margen de maniobra interna de Xi Jinping, cuya tercera elección por el Partido Comunista exige adoptar una postura fuerte o arriesgar ser reemplazado.
En el contexto descrito es que deben interpretarse las afirmaciones recientes de que China tiene jurisdicción sobre el estrecho de Taiwán y que no puede considerarse aguas internacionales, las advertencias reiteradas de Xi a su homólogo de que Estados Unidos está jugando con fuego y la renuencia de cancelar la visita de Pelosi, la cual podría entenderse como una suerte de diplomacia disuasiva que busca aumentar los costos asociados a la anexión china de Taiwán.
Aunque existe relativa certeza de que Pekín no buscará recuperar la isla a cualquier precio, incluyendo el riesgo de una guerra prolongada, la destrucción económica, la intervención segura de Estados Unidos y, eventualmente de Japón y Corea del Sur, y el aislamiento internacional, la escalada de tensiones sinoestadounidenses, sumada a la lectura hecha de la guerra en Ucrania, pueden estar alterando sus cálculos temporales y estratégicos.
En últimas, la voluntad de seguir tolerando la autonomía de la que se considera una provincia rebelde depende de la posibilidad de que Taiwán no sea vista como una amenaza a quien ocupe el poder en China. En medio del tire y afloje con Estados Unidos, que acaba de llegar a un nuevo ápice con la visita-provocación de la tercera funcionaria de mayor importancia en Washington, queda por verse cómo serán las próximas jugadas de Xi, que se ve obligado a reafirmar sus líneas rojas sobre la isla para desincentivar cualquier cambio adicional en la política estadounidense. Como mínimo, es de esperar que continúen las demostraciones de fuerza aérea y naval, con todos los riesgos de escalamiento que ellas conllevan.
