Con el perdón de los analistas financieros, quienes nos han ofrecido un sinnúmero de opiniones acerca de la crisis financiera, para los lectores no expertos —entre los cuales yo me incluyo— todavía es difícil entender las causas de esta hecatombe, que el lunes le costó al Dow Jones un 7% de su valor. Durante los últimos 20 años dos de los pilares de la economía estadounidense han sido la falta de regulación y supervisión gubernamental —un legado del gobierno de Reagan— y el consumismo delirante; a pesar de que Estados Unidos sólo representa un 5% de la población mundial, ese país consume 30% de sus recursos. A principios de 2000 una feria de crédito fácil no regulado llovió sobre los estadounidenses. La historia fue la siguiente.
Los bancos grandes decidieron que las hipotecas de finca raíz eran más rentables que otros papeles como los bonos del Tesoro y comenzaron a comprarlas en grandes cantidades de los prestamistas hipotecarios. En la medida en que la demanda para este inversión creció comenzaron a ofrecerse hipotecas a tasas más altas —las llamadas subprime— a personas con historias crediticias malas.
Dada la bonanza de la finca raíz, los bancos calculaban que aún si estos nuevos clientes hipotecarios entraban en mora podrían recuperar su inversión vendiendo las propiedades entregadas. Sin embargo, a partir de 2007 quienes habían adquirido las hipotecas subprime comenzaron a entrar en mora, con lo cual el mercado se saturó al haber tantas propiedades en venta, haciendo reventar la burbuja de los precios.
Aunque era de sentido común que personas sin capital suficiente para pedir un crédito dejarían de pagarlo una vez otorgado, la laxitud del sistema regulatorio permitió enmascarar este riesgo a través de la “securitización”. Ella consistió en la creación de fondos especializados en deuda hipotecaria por bancos como Bear Stearns; su rating positiva de parte de calificadoras de riesgo como Moody’s; su aseguramiento contra el no pago por el American International Group; y su circulación en los mercados financieros globales.
Dicho proceso tuvo el efecto de esparcir el riesgo entre un mayor número de actores, lo cual también intensificó el impacto de la crisis, que estalló cuando el mercado financiero tuvo el sentimiento de que algo andaba mal y comenzó a vender la deuda subprime en masa, precipitando el desplome de su valor.
Aunque el gobierno de Bush acordó un plan de rescate con los dos partidos, la Cámara de Representantes votó en su contra. Los contribuyentes desconfían de la medida, ya que lo que propone es entregar su dinero al sector financiero, cuya irresponsabilidad y avaricia son consideradas los principales responsables de la crisis. En consecuencia, y dado el contexto electoral, muchos congresistas se niegan a arriesgar su capital político por salvar el mercado. Independientemente de las medidas que se terminen adoptando, lo cierto es que en un país acostumbrado al crédito fácil y el gasto desbordado se avecina un cambio profundo de mentalidad. “Mientras tanto el resto del mundo sufrirá también”.
*Profesora Titular. Departamento de Ciencia Política. Universidad de los Andes