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Aunque suene obvio, “figurar” o “protagonizar” no son lo mismo que “liderar” ni tienen necesariamente connotaciones positivas.

Como si su programa de televisión en horario prime no fuera suficiente demagogia, hace dos días Iván Duque también pontificó en El Tiempo sobre “el indudable liderazgo que nuestro país ha alcanzado en el contexto regional e internacional”. El pretexto, la asamblea anual del Banco Interamericano de Desarrollo que se realiza en estos días en Barranquilla. Convenientemente, en esta autocelebración el mandatario-columnista omitió el pequeño detalle de que el nuevo presidente del BID -en cuya controversial elección Colombia sí fue protagonista- ha generado tal rechazo entre los demócratas en el Congreso y la administración de Joe Biden, que Estados Unidos ha contemplado no participar en la recapitalización que requiere la entidad para apoyar a los países de América Latina y el Caribe en la batalla contra los estragos de la pandemia. Aunque es probable que Washington termine otorgando los fondos con miras a recuperar la confianza regional y contrarrestar la influencia de China, superar los obstáculos existentes a la cooperación multilateral que tanto urge no será fácil con un ideólogo como Claver-Carone al timón.
El mismo día que Duque celebraba la importancia adquirida por Colombia en espacios hemisféricos como el BID, la Alianza del Pacífico, Prosur y la CAN, el Estado colombiano se retiró de la audiencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos por el caso de Jineth Bedoya y recusó a los jueces, aduciendo “prejuzgamiento” y falta de objetividad. Siendo la primera vez que nuestro país se levanta de una audiencia de este tipo -comportamiento más esperado entre los regímenes autoritarios- quedó la sensación de un Gobierno soberbio y abiertamente indiferente ante crímenes como la violencia sexual. En reflejo de esto, y como lo observó en El País José Miguel Vivanco en alusión a una reunión sostenida con Duque el pasado 11 de febrero para discutir el último informe de Human Rights Watch, “me resultó decepcionante” ya que el presidente “no estaba dispuesto a escuchar”, sino que “parece estar convencido de que está haciendo lo correcto”, pese al claro aumento de asesinatos de defensores de los derechos humanos.
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Ante semejante altivez, no debe sorprender que distintos actores extranjeros, incluyendo la ONU, la Unión Europea y crecientemente Estados Unidos, están perdiendo la paciencia con Duque. Poco ayudan pronunciamientos oficiales que pongan en duda las 6.402 ejecuciones extrajudiciales documentadas por la JEP o que justifiquen la muerte de menores y adolescentes en actividades bélicas, como el bombardeo en Guaviare. Algo similar podría estar ocurriendo con la actitud recalcitrante del Gobierno frente a la fumigación aérea, que ha sido ampliamente criticada no solo por sus falencias como estrategia antidrogas, sino por sus implicaciones negativas para la paz, la salud pública y el medioambiente.
Aunque suene obvio, “figurar” o “protagonizar” no son lo mismo que “liderar” ni tienen necesariamente connotaciones positivas. No cabe duda de que Colombia está figurando en la escena mundial, pero no como modelo de paz, legalidad ni seguridad, sino tal vez como negacionista de reglas de juego internacionales, interventora en los asuntos ajenos e ineficiente frente al COVID-19. Quien se siente en la necesidad de recordarnos a diario de sus logros y liderazgo no solo oculta sus fracasos, sino que revela el afán de cualquier individuo inseguro e incompetente de ser reconocido.
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