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4 Nov 2020 - 2:10 a. m.

Lo que está en juego

Pocas veces había sentido tan trascendental una elección. Juzgando por los cerca de 100 millones de estadounidenses que votaron temprano –más de dos tercios del total de las presidenciales de 2016– y por quienes lo hicieron ayer, no soy la única. Más allá de las larguísimas filas en algunas ciudades, los esfuerzos republicanos por suprimir el voto y los llamados a las bases trumpistas a vigilar contra un inexistente fraude –lo cual se tradujo en inexcusables actos de intimidación– primó la convicción de que había que votar “como si la vida dependiera de ello”.

Sin saber todavía quién será el próximo presidente ni si se disputarán los resultados electorales en las cortes –lo cual aumentará el riesgo de violencia– quisiera resumir lo que está en juego. Primero, la (imperfecta) democracia estadounidense sufre un proceso de deterioro y presenta signos inequívocos de autoritarismo. Además del abuso cotidiano del poder, Trump ha desmembrado los servicios civil y diplomático, cuerpos profesionales que atienden el quehacer interno y externo del Gobierno, y reemplazado muchos de sus altos funcionarios con personas “leales” sin idoneidad. Como si esto fuera poco, el sistema de frenos y contrapesos también se ha debilitado, como se observa en la politización de la rama judicial. El fiscal general actúa como defensor de la Casa Blanca y no de la Constitución, mientras que el nombramiento de más de 200 jueces hiper-conservadores y vitalicios (incluyendo tres de la Corte Suprema) podrá afectar asuntos fundamentales como el acceso a la salud, la igualdad racial y de género, y los derechos reproductivos y sexuales. La negativa de Trump a comprometerse a una transición pacífica en caso de perder también ha socavado la confianza ciudadana.

Segundo, la polarización social e ideológica ha llegado a niveles explosivos. Aunque no se trata de un problema creado por Trump, no cabe duda de que su presidencia ha sido un megáfono para la división y el odio, así como para la legitimación de la supremacía blanca, la violencia de extrema derecha y las teorías conspirativas como QAnon. Aparte de normalizar el racismo, la xenofobia y la mentira, el mandatario ha convertido en “políticamente correcto” conductas condenables como el matoneo y la denigración, incluso de personas con discapacidad y de militares muertos en combate.

Tercero, la credibilidad internacional de Estados Unidos está en picada. Pese a ser una potencia con menos influencia mundial, sigue habilitando las conductas de otros países con su buen y mal ejemplo. El retiro de pactos cruciales como el acuerdo de París sobre cambio climático y el nuclear con Irán, el antagonismo frente a aliados históricos en Europa y la amenaza de salirse de la OMS, envían señales tóxicas sobre la cooperación y el multilateralismo cuyas repercusiones negativas se acrecientan en medio de la pandemia. Igualmente, el irrespeto de Trump por las reglas democráticas y su simpatía hacia líderes similarmente “fuertes” y populistas ha legitimado formas autoritarias de gobierno.

Por más que Biden no sea un candidato extraordinario, la urgencia de recuperar algo de decencia y sensatez, y de alejar a Estados Unidos del precipicio debe eclipsar cualquier otra consideración. En cambio, si Trump se sale con la suya, significa que nada de esto importa para decenas de millones de estadounidenses. Y eso es lo más duro de asimilar.

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