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Lo que muestra Chile

Arlene B. Tickner

24 de noviembre de 2021 - 12:05 a. m.

Estas dos alternativas parecen confirmar el ascenso de los extremos políticos que se observa en otras latitudes de la región y del mundo. Se trata de un fenómeno asociado con las diversas escisiones sociopolíticas que caracterizan a las poblaciones latinoamericanas.

Opinión
Foto: El Espectador
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El actual ciclo de elecciones en América Latina ha confirmado un conjunto de tendencias que son comunes a la mayoría de los países, entre las que se destacan el débil apoyo a la democracia, la desconfianza en los partidos, los gobiernos y las instituciones originada en la percepción de su corrupción e ineficacia, la intranquilidad por el crimen y la violencia, y la preocupación por la pobreza, la desigualdad y el desempleo. En el contexto descrito, que solo se ha exacerbado con la pandemia, la apatía política, la polarización social y la ingobernabilidad se han vuelto habituales.

Hasta el domingo pasado parecía que Chile había encontrado un camino ejemplar para sortear la versión suya de crisis, luego del estallido social que lo sacudió hace dos años. Además del apoyo masivo del electorado a la redacción de una nueva Carta Magna, la composición de la Convención Constituyente resultó de las más diversas de la historia, dados los criterios de paridad de género, representatividad étnica e inclusión de personas con discapacidad que primaron en su elección, así como la escogencia de participantes independientes. No obstante, el paso de José Antonio Kast y Gabriel Boric a segunda vuelta presidencial, y la sorpresiva votación obtenida por el antipartido y antiestablecimiento Franco Parisi indican otra cosa.

El resultado del último superó el del oficialismo de centro-derecha y de la candidata de centro-izquierda de la exConcertación, subrayando tanto el desmoronamiento de los partidos tradicionales como el peso del voto castigo. Por su parte, los candidatos ganadores representan un viraje hacia los dos extremos ideológicos. Mientras que Kast exculpa la dictadura, promete restaurar la ley y el orden, entre otros mediante la represión de la protesta social, quiere achicar el Estado y reducir los impuestos y subsidios, se opone al aborto y al matrimonio igualitario, estigmatiza la migración y amenaza con tumbar la nueva Constitución si no le gusta, la agenda programática de Boric gira en torno a la redistribución, la justicia sociocultural, la tolerancia, el mantenimiento del orden público con respeto a los derechos humanos, la igualdad de género y la protección ambiental.

Estas dos alternativas parecen confirmar el ascenso de los extremos políticos que se observa en otras latitudes de la región y del mundo. Se trata de un fenómeno asociado con las diversas escisiones sociopolíticas que caracterizan a las poblaciones latinoamericanas. Empero, tildar de extremista (y peligroso) todo lo que no es de centro es problemático. El extremismo –de derecha y de izquierda– es antidemocrático, intolerante de la diferencia e indispuesto a conciliar. Además de dividir a las sociedades entre amigos y enemigos, apela a la superioridad moral propia, el desacato del Estado de derecho y el uso de la violencia para gobernar. Kast es extremista. El reformismo progresista de Boric puede ser radical, pero al defender la institucionalidad democrática, rehuir de la violencia, revindicar la diversidad y la resolución pacífica de los conflictos, y defender la ampliación de derechos sobre todo a sectores desfavorecidos de la sociedad, no puede considerarse extremista. Saber distinguir entre lo uno y lo otro en medio de la convulsión política que caracteriza procesos electorales como los de Chile (o Colombia) se torna un arma decisiva en la defensa de sus democracias.

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