27 Oct 2021 - 5:05 a. m.

Los mitos en torno a “Otoniel”

Como se ha vuelto costumbre, el significado de la captura de alias Otoniel para el crimen organizado en Colombia y el hemisferio occidental ha sido exagerado y tergiversado por el gobierno de Iván Duque, mientras que la mayoría de los medios de comunicación han hecho eco de los pronunciamientos oficiales de forma mecánica y acrítica.

La primera declaración del mandatario al darse a conocer la noticia debería haber prendido las alarmas de la desinformación, ya que asemejó al jefe del Clan del Golfo con Pablo Escobar. Pese a la importancia de Otoniel dentro del mundo mafioso, es de conocimiento común que las estructuras horizontales y fragmentadas del narcotráfico hoy no son comparables con las que caracterizaron a los carteles de antaño, cuyo modelo jerarquizado y centralizado permitía ejercer un monopolio sobre la cadena de producción y el control de sus participantes, que en la actualidad han dejado de existir dada la heterogeneidad de actores involucrados y el funcionamiento del negocio criminal a manera de red transaccional.

De igual manera, afirmar que el arresto de un capo narcotraficante promete el fin de la organización criminal que lidera constituye una de las ficciones más repetidas por los quijotes de la “guerra contra las drogas” en contravía de evidencia empírica alguna. Por más que el descabezamiento de los grupos narcotraficantes haya sido el núcleo de la estrategia tanto de Estados Unidos como de países como Colombia y México desde el desmonte de los carteles de Medellín y Cali en los años 90, en términos de la fragmentación de las actividades ilícitas, su traslado y dispersión a otros lugares (el denominado “efecto cucaracha”) y la violencia que ello engendra, así como la disminución del comercio de las drogas ilícitas, los efectos de aquella no han sido menos que catastróficos.

Similarmente desconcertante es la inversión inverosímil de escasos recursos fiscales y policiales en acciones de comprobada inefectividad general, como ocurre con las operaciones Agamenón I y II. En últimas, al hacer gala del número de mafiosos de alto perfil capturados o asesinados, las mismas métricas utilizadas por gobiernos como el colombiano cuentan una historia inexacta por no decir tramposa.

Por último, la extradición (asegurada) de Otoniel fue descrita oficialmente como algo “urgente para la seguridad del hemisferio”.

Además de la observación obvia de que su uso regular y no ocasional en la lucha contra el narcotráfico constituye una admisión tácita de que la justicia colombiana no sirve para juzgar casos de este perfil, pronunciamientos como el de Duque hacen ver que a ojos del Gobierno el esclarecimiento de los incontables crímenes de lesa humanidad cometidos por el Clan del Golfo es de importancia secundaria ante la expectativa de “quedar bien” con Estados Unidos.

A la luz de lo anterior, no es descabellada la observación de Gustavo Petro de que una negociación para desmantelar la estructura criminal de Los Urabeños habría sido más sensata que la captura de uno de sus jefes. Además de dejar prácticamente intacta esta, augura mayor violencia en algunas zonas de Colombia, por no hablar del hecho de que supone erróneamente que el principal oxígeno de las organizaciones narcotraficantes se deriva de sus líderes y no del consumo y del respaldo de aquellos actores políticos que toleran y hasta incentivan sus actividades.

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