Las torpezas diplomáticas de las últimas semanas piden ser codificadas mediante una suerte de manual de usuario que debe orientar la conducta colombiana en el extranjero.
Para quienes enseñamos e investigamos sobre las relaciones internacionales, el gobierno de Iván Duque ha ofrecido un decálogo lamentable de cómo no se debe relacionar Colombia con el mundo. Aunque sería difícil sumar más críticas a las que ya se han formulado sobre el desubique del mandatario actual, cuyas acciones propias, así como las de su gabinete parecen más las de aprendices que de funcionarios de Estado, las torpezas diplomáticas de las últimas semanas piden ser codificadas mediante una suerte de manual de usuario que debe orientar la conducta colombiana en el extranjero. Sin ánimo de ser exhaustiva, sugiero algunas de sus posibles entradas.
El simbolismo importa. Dentro de la gira internacional realizada por Duque en estos días, la visita a Israel fue la más controversial. Dejando de lado el cinismo atribuido a sus súplicas ante el Muro de Lamentos por la paz en Colombia, visitar ese lugar sagrado sobre todo en compañía de cualquier funcionario israelí, se interpreta en diplomacia como un gesto positivo hacia la soberanía de Israel. La apertura de una oficina de innovación en la Jerusalén disputada tan solo reafirmó su reconocimiento como capital de Israel, ante lo cual Duque se limitó a decir “tenemos que ser prácticos”. Cabe recordar que solo cuatro países, Estados Unidos, Guatemala, Honduras y Kosovo han trasladado sus embajadas allí, mientras que otro puñado ha creado representaciones “satelitales” como anunciada por Duque.
Pocas semanas antes, la canciller Martha Lucía Ramírez hizo un gesto similarmente polémico al validar la soberanía de Marruecos sobre el Sahara Occidental, pese a que se trata de otro territorio en disputa que la mayoría de Estados y organismos internacionales no reconocen como marroquí y del hecho de que en 1985, Colombia reconoció a la República Árabe Saharaui Democrática (RASD) y por extensión, el derecho de autodeterminación de ese pueblo.
Las palabras pesan. Como si los gestos simbólicos no fueran suficientes, durante su administración Duque no se ha cansado de repetir que Colombia es el “aliado número uno” de Israel en América Latina. De allí que la afirmación del ministro de Defensa, Diego Molano desde la residencia del presidente israelí de que “aquí tenemos un enemigo común y es el caso de Irán y Hezbolá” no sea tan sorpresiva, ya que vigoriza dicha declaración de fidelidad, obviando de paso la reanudación de negociaciones nucleares con Irán a fin de mes. Cabe anotar que Duque no desautorizó al funcionario, sino que reiteró que “una de las amenazas es Hezbolá y Estado Islámico” luego de confirmar que Colombia “tiene relaciones diplomáticas con Irán”.
La diplomacia no se improvisa. Casos como estos, en los que han primado la ambigüedad y la confusión recalcan la importancia de no improvisar. En el rechazo (correcto) de Duque de los resultados electorales en Nicaragua, se observa algo similar, toda vez que el mandatario no supo decir si ello llevaría a la ruptura (equivocada) de relaciones diplomáticas con la nación centroamericana.
Todo lo anterior, más otros ejemplos que no caben en el espacio de una sola columna, recalcan una pauta adicional que ha sido desconocida de forma reiterada a lo largo del periodo presidencial actual: las tradiciones diplomáticas propias valen, se respetan y no se vulneran.
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