Ni los megadonantes como Elon Musk, que inyectaron más dinero a las elecciones de mitad de término que en las presidenciales de 2024, ni el redibujamiento de mapas electorales en estados republicanos para suprimir el voto demócrata y afroamericano, ni las campañas de miedo y la intervención agresiva de la rama Ejecutiva, fueron suficientes para frenar la avanzada contundente del Partido Demócrata, que superó todos los pronósticos. Además de ganar con amplios márgenes en la Cámara de Representantes y el Senado, en donde volteó siete escaños (y eventualmente, el de Mississippi), expandió su influencia en estados de dominio históricamente republicano (como Kansas y Texas) y recogió una mayoría de gobernaciones.
Entre los temas que parecen haber motivado el voto de gran parte de los estadounidenses, el aumento del costo de vida (gasolina, medicina, alimentos), incluyendo el acceso a la salud, fue un común denominador en todo el país. Sin embargo, dependiendo de la zona geográfica y del segmento específico de electores, los centros de datos, violencia de ICE, que se parece y actúa como fuerza paramilitar, deportaciones masivas, guerra en Irán, genocidio en Gaza y ayuda militar a Israel —cuya supresión fue anunciada ayer, sorpresivamente por Trump—, corrupción y deterioro de la democracia también fueron factores decisivos. Todo esto puede entenderse como un referendo sobre la gestión de Trump, pero también evidencia el descontento de amplios sectores de votantes con el silencio y la falta de control político ejercido por el Partido Republicano desde el Congreso ante los peores atropellos al bienestar ciudadano. En un atípico reconocimiento de la derrota, el mismo vicepresidente, J. D. Vance, afirmó en X que el electorado tiene “bronca” básicamente por la guerra, y con razón.
Por más que los resultados no se deban a una preocupación generalizada por el avance innegable del autoritarismo en los Estados Unidos, es difícil no reconocer en ellos los soplos inconfundibles de una “primavera azul”. Estos iniciaron, entre otros, con las protestas masivas que ha convocado el movimiento No Kings desde 2025 y de forma más reciente, se observaron en los esfuerzos demócratas de movilización en las urnas y de impulso al voto anticipado, sobre todo entre electores latinos y afroamericanos, para combatir los intentos de supresión en muchos estados rojos. Un conjunto de “primeros en la historia” que arrojó la jornada electoral también constata el reconocimiento, no solo de la diversidad en la raíz de la identidad estadounidense, sino de la necesidad de cambio. Entre estos, caben destacar en el Senado la elección del primer musulmán (Michigan), hombre abiertamente homosexual (New Hampshire) y nativa americana (Minnesota), y en las gobernaciones, la primera afroamericana (Georgia), nativa americana (New Mexico), latina (Texas) y latino (California).
Es de esperar que las mayorías holgadas que ejercerán los demócratas en ambas cámaras del Congreso a partir de enero próximo se traduzcan en control político y financiero, así como investigaciones múltiples sobre el abuso de poder, corrupción y nepotismo de Trump. En cuanto a la política exterior, su poder constitucional sobre el presupuesto, la declaración de la guerra, la confirmación de nombramientos, la regulación del comercio y la veeduría del Ejecutivo, entre otros, se traduce —para el Gobierno actual de Colombia— en la necesidad urgente de superar el sectarismo que ha caracterizado hasta ahora la interlocución con Washington, so riesgo de empeorar los costos políticos y reputacionales en los que Abelardo de la Espriella y su canciller MAGA ya han incurrido al apegarse tan estrechamente a la agenda hemisférica e internacional de Trump, incluyendo su relación con Netanyahu.
Pese a los cambios en el balance de poder político que se avecinan en Estados Unidos, la capacidad de Trump de hacer daño durante los próximos dos años sigue siendo considerable, sobre todo en el plano externo que es del dominio de la Casa Blanca. Con nada que perder en términos electorales, poco interés en el futuro de su propio partido y nadie distinto a él y su “legado” para ocupar su tiempo y atención, no es inconcebible que el mandatario radicalice sus posturas y corra aún más riesgos, incluyendo en América Latina y el Caribe, en donde la expansión imperial y la presencia militar estadounidenses a través de la doctrina Donroe ya se encuentran en plena marcha.