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Prognosis regional reservada

Arlene B. Tickner

08 de junio de 2021 - 06:00 p. m.

La baja coordinación en torno a la pandemia, el éxodo venezolano y la candidatura latinoamericana para la presidencia del BID son solo tres evidencias de la parálisis del regionalismo.

Opinión
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Más allá de sus matices, los procesos electorales que están aconteciendo a lo largo y ancho de América Latina resaltan algunos aspectos en común: el déficit de legitimidad de la política y de quienes la ejercen tradicionalmente, la desconfianza en la democracia, la división social e ideológica, el rechazo al modelo neoliberal y la indignación por las injusticias y desigualdades de distinta índole. Todo lo cual ha sido magnificado por la honda afectación de la región ante el COVID-19.

Entre los efectos de esta situación sobre los patrones del balotaje se destacan la apatía de los electores, la fragmentación y el voto castigo (no calificado) o en contra de (en lugar de a favor), como se ve reflejado en las presidenciales de Ecuador (en donde la oposición al correísmo le dio el triunfo a Lasso) y Perú (en donde el probable triunfo de Castillo se explica por el mayor rechazo a Fujimori), la elección de constituyentes en Chile (que castigó duramente a la derecha y en menor medida a la centro-izquierda) y las legislativas en México (que le quitaron a AMLO la gran mayoría).

Además de las dificultades de gobernanza interna que plantea esta situación, sus repercusiones para la cooperación, concertación e integración son significativas, pues aminoran la capacidad colectiva de atender objetivos comunes hacia adentro y en las interacciones internacionales.

La baja coordinación en torno a la pandemia, el éxodo venezolano y la candidatura latinoamericana para la presidencia del BID son solo tres evidencias de la parálisis del regionalismo.

Durante la primera década del siglo XXI, este experimentó un proceso de vigorización, especialmente en Sudamérica, que permitió asentar posturas conjuntas hacia problemáticas hemisféricas, además de desarrollos importantes en temas como la seguridad y defensa, el comercio, la infraestructura, y la educación y salud. Por ejemplo, frente a esta última Unasur negoció con éxito en bloque la compra de vacunas y de medicamentos a precios más bajos.

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Si bien su declive y el de otros organismos como la CELAC se atribuye al fin de la ola rosada, el giro hacia la derecha y la polarización en torno a Venezuela —factores que conllevaron a proyectos alternativos pero insípidos como Prosur y el Grupo de Lima—, la implosión del multilateralismo latinoamericano obedece a causas más hondas.

Al igual que los Estados, los esquemas regionales se han caracterizado por una débil institucionalidad, que dificulta sortear desafíos coyunturales, además de los señalados, la estrategia estadounidense de Trump de “dividir y conquistar”, el discurso nacionalista y antiintegracionista de Bolsonaro, y la afectación socioeconómica por la pandemia. El hecho de que su solvencia ha dependido principalmente del activismo de mandatarios específicos y no de la robustez institucional significa que cuando no hay tales protagonismos su funcionamiento se ve entorpecido. En la actualidad, la crisis de la política y de la democracia en América Latina es también una de liderazgo que está haciendo mella en los países y en sus interacciones.

Tanto como vehículo para sortear colectivamente los problemas acuciantes que enfrenta nuestra región como para la interlocución y proyección globales, el regionalismo es un imperativo que los Estados y las sociedades de Latinoamérica no se pueden dar el lujo de ignorar. No obstante, en el futuro inmediato al menos su prognosis es reservada.

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