Aunque el rifirrafe entre Colombia y Rusia se dio por superado luego de la reunión de los ministros de Relaciones Exteriores y Defensa con el embajador ruso —y juzgando por el tono manso de las declaraciones de prensa, un pedido privado de disculpas por el “malentendido”—, no deja de ser inquietante, en especial en la actual coyuntura internacional. Desde 2020, el deterioro de la relación bilateral ha sido evidente en episodios como la expulsión del país de dos diplomáticos rusos sospechosos de ser espías, la nota de protesta por sobrevuelos no autorizados sobre el espacio aéreo colombiano y el señalamiento en el contexto de las protestas sociales, de la existencia de ataques en redes desde Rusia.
Si bien estos fueron manejados dentro de los canales diplomáticos formales, lo cual evitó cualquier escalamiento, las últimas denuncias del ministro Molano, de que Venezuela movilizaba tropas hacia la frontera con el “apoyo y la fuerza técnica” de Rusia, suscitaron una respuesta atípicamente fuerte. La embajada no solo condenó los “continuos intentos de acusar sin fundamento” una “presunta injerencia en los asuntos internos de Colombia”, sino que tachó a Molano de irresponsable en su “búsqueda incansable de enemigos ficticios”. Ante esto, Duque tuvo el gesto risible de citar al representante ruso para que diera explicaciones sobre lo que hace su país en Venezuela.
Es innegable que la impronta rusa en América Latina es considerable ―aunque jamás comparable con la de China— en términos de actividad comercial y militar, apalancamiento político del sentimiento regional antiestadounidense y realización de campañas de desinformación cuyo sello mundial básico es generar inestabilidad. Sin embargo, el alarmismo con el que algunos han querido representar su papel en la región y en Colombia —en línea con el ala latina de extrema derecha del Partido Republicano— desborda la realidad. Como en otros momentos en los que Putin se ha sentido acorralado en su propio “patio trasero”, las presiones de Estados Unidos y la OTAN en torno a Ucrania lo han llevado a amenazar con medidas recíprocas, incluyendo el aumento de su presencia militar en Cuba, Nicaragua y Venezuela. En la práctica sobresalen los impedimentos financieros y militares que tendría para sostener una presencia significativa aquí, dada la sobreextensión rusa en otras latitudes.
Tildar además a Rusia de “amenaza”, cuando desde el mismísimo gobierno Uribe se ha potenciado su colaboración en temas de entrenamiento y de reparación y mantenimiento de equipos, sobre todo helicópteros, es un sinsentido estratégico. Si bien Venezuela es un caso aparte por las millonarias compras de armas, equipos y hasta defensa antiaérea —adquirida luego del dictamen colombo-estadounidense de que todas las opciones estaban sobre la mesa en relación con Maduro— el “apoyo” ruso al que se refirió Molano equivale a unos 100 militares técnicos. A modo de comparación, durante el Plan Colombia el número de militares y contratistas privados de Estados Unidos en nuestro país ascendió a unos 1.400.
Si en condiciones normales increpar a Rusia sin pruebas sería poco inteligente, hacerlo en medio de una crisis como la que se vive en torno a Ucrania es simple estupidez. Por fortuna, alguien del entorno de Duque parece haberlo convencido de que lo mejor era mantenerse al margen de este conflicto y preservar la cordialidad.