La visita de Estado realizada a Washington por el presidente Lula de Brasil, y un encuentro previo entre el entonces candidato electo Barack Obama y su homólogo mexicano, Felipe Calderón, reflejan un nuevo mapa de prioridades en la política exterior hacia América Latina.
Así lo confirman también los planteamientos hechos por dos de los think tanks más influyentes de Estados Unidos —Inter-American Dialogue y Brookings Institution— en informes recientes sobre las relaciones hemisféricas.
La nueva alianza (en inglés, partnership) que proponen estas u otras entidades como el Council on Foreign Relations se basa, por un lado, en el reconocimiento de que la influencia estadounidense en la región ha disminuido considerablemente, la independencia de ésta ha crecido, y su ambivalencia y desconfianza frente al papel de la potencia en América Latina se han intensificado. Y por el otro, en la realización de que tanto los problemas como las oportunidades que enfrenta el hemisferio exigen un mayor nivel de colaboración y pragmatismo.
Frente a ambos —problemas y oportunidades comunes— y más aún en la crítica coyuntura económica, la cooperación de Brasil y México se ha vuelto indispensable. El país carioca porque ha adquirido un nivel significativo de figuración regional y global, y ha sido protagónico ante temas neurálgicos para el gobierno Obama, tales como el cambio climático, el desarrollo energético y las negociaciones mundiales de comercio. Y el azteca porque además de ser el tercer socio comercial de Estados Unidos, comparte una profunda interdependencia mediante la cual sus problemas afectan a su vecino del norte. Por ello, el Dialogue no duda en afirmar que de ahondarse la violencia en México, éste será uno de los desafíos más difíciles de la política exterior estadounidense.
Además de identificar los nuevos socios de la Casa Blanca, los informes mencionados afirman que el carácter transnacional de los principales retos hemisféricos —entre ellos, drogas y crimen organizado, migración, comercio, energía y cambio climático— exige soluciones compartidas de alcance regional en lugar de estrategias bilaterales, promovidas muchas veces por Estados Unidos, que han entorpecido la cooperación en lugar de fomentarla. En el caso específico de las drogas ilícitas y la migración, el consenso sobre el fracaso de las políticas actuales y la necesidad de un pronto y profundo viraje es particularmente evidente.
Mientras que los Santos —Vicepresidente y Ministro de Defensa— y el canciller Bermúdez debatan entre ellos sobre la importancia del Plan Colombia, en Washington las prioridades se trazan por otro lado. Y Colombia brilla por su ausencia. Algunos sectores, incluyendo medios, empresarios y think-tanks, claman por la ratificación del TLC, sí. Pero la sensación general es que Colombia ya no es un “problema”, con lo cual no sólo puede reducirse la ayuda que recibe sino que debe exigírsele mejores resultados en temas como derechos humanos y, paradójicamente, lucha antidrogas. En lugar de su habitual miopía ante el mundo, el Gobierno colombiano haría bien en escuchar lo que está pasando a su alrededor y ponerse al tono con el nuevo pacto que va perfilándose en el hemisferio.
* Arlene B. Tickner, profesora titular. Departamento de Ciencia Política, U. de los Andes.