Uno de los hechos más impactantes de nuestra vida universitaria fue el golpe militar contra Salvador Allende. La prensa mostró la Moneda bombardeada, a Allende desafiante con un casco y una metralleta, y por la radio escuchamos su último discurso “¡Yo no voy a renunciar! Pagaré con mi vida la lealtad de mi pueblo”, “…mucho más temprano que tarde, de nuevo abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor”.
En ese momento no percibíamos las grandes tensiones y las dificilísimas circunstancias de Chile. Parecía que se trataba únicamente de un sangriento aborto de un noble intento de llegar al socialismo por la vía democrática. Poco a poco, sin embargo, entendimos que la realidad era mucho más compleja. Los debates de las últimas décadas y el alud de escritos con motivo de este aniversario revelan una caótica situación poblada de conflictos, divisiones y subdivisiones, errores y traiciones.
La realidad era que Allende había sido electo con el voto del 36% de los chilenos y su coalición, la Unidad Popular (UP), no tenía mayoría en el Congreso. Además, su proyecto no era socialdemócrata a la manera europea. Su meta era llegar al socialismo mediante la nacionalización de los medios de producción. En esta materia, la oposición lo acompañó únicamente en la nacionalización del cobre (Frei había comenzado el proceso). Pero, sin los votos necesarios para extender las nacionalizaciones, el presidente optó por utilizar los llamados “resquicios legales”, discutibles medidas del Ejecutivo, para tomar el control de decenas de empresas, algo semejante a lo que, en nuestro medio, algunos piensan que trata de hacer Petro para asfixiar a las EPS y estatizar la salud.
Allende se movió torpemente en medio de las tensiones de la Guerra Fría. El gobierno norteamericano y la CIA trataron de evitar su elección, sabotearon la economía y apoyaron a los golpistas. Por su parte, la Unión Soviética contribuyó financieramente a su campaña, pero, cuando fue necesario, no le dio a su gobierno los auxilios económicos que necesitaba. El Partido Comunista, línea Moscú, el miembro moderado de la UP, aconsejaba la cautela, al tiempo que el Partido Socialista y el guevarista MIR propiciaban la radicalización total.
El país se polarizó. Seguidores de la UP se tomaron empresas e invadieron fincas. La economía entró en crisis y la inflación llegó al 600 %. Se generalizaron los paros y las protestas.
Al final, en 1973, en medio de una gran crisis política, económica y social, la situación era insostenible. Sin éxito, Allende propuso, primero, la realización de un plebiscito. Más adelante, exploró un acuerdo con la Democracia Cristiana, que hubiera salvado la democracia, pero fue bloqueado por el MIR que prefería un desenlace revolucionario. Así se llegó al golpe, la brutalidad militar y sus abusos durante 17 años.
Hoy, cincuenta años después, el presidente Gabriel Boric, admirador de Allende, presidirá las conmemoraciones en su honor. Este mandatario tampoco tiene mayoría en el Congreso, goza de una escasa popularidad y su mayor proyecto, una nueva Constitución, fue derrotado en las urnas. Sin embargo, Boric cree, como lo acaba de proclamar junto con cuatro expresidentes de su país, que las vías democráticas son las verdaderas “grandes alamedas” a través de las cuales se puede construir una sociedad mejor.