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Pocas veces en la historia electoral reciente se había observado tanta complementariedad y armonía entre el presidente electo, Abelardo de la Espriella, y el nuevo vicepresidente de la República, el competente economista y educador José Manuel Restrepo.
Esto contrasta con lo sucedido en el pasado, cuando, en varios casos, la escogencia de los vicepresidentes respondió únicamente a cálculos electorales de corto plazo —para conseguir los votos de ciertos sectores, regiones o grupos identitarios—, sin consideración alguna por los conocimientos, la preparación o la afinidad de la persona escogida para acompañar al primer mandatario en el ejercicio de sus responsabilidades.
Lo más delicado en esta materia es que, en ciertas ocasiones, las personas seleccionadas para ser vicepresidentes no cumplían con el requisito esencial de su cargo, es decir, su capacidad para reemplazar en forma idónea al presidente de la República en caso de su falta temporal o definitiva. Es evidente, por ejemplo, que Francia Márquez no reúne las competencias profesionales para ejercer la Presidencia (algo que quedó en evidencia después de su pobre desempeño a la cabeza de un pequeño ministerio). Y varios analistas hicieron esta misma observación con respecto a la candidata a la Vicepresidencia de Iván Cepeda, una destacada líder de los grupos indígenas caucanos, pero, al parecer, sin las condiciones necesarias para asumir, de ser preciso, las responsabilidades de la jefatura del Estado.
La experiencia ha demostrado que el matrimonio entre el presidente y el vicepresidente puede ser desesperante para este último. En algunos casos, mientras el primer mandatario mantiene sus capacidades físicas y mentales, el vicepresidente es un personaje irrelevante, sin un lugar en el gobierno. Para explicar su desdén por esta dignidad, el senador John McCain señaló que el vicepresidente de Estados Unidos solo tiene dos funciones: preguntar diariamente por la salud del presidente y asistir a los funerales de los dictadores de los países del Tercer Mundo.
En otros casos, cuando el vicepresidente es independiente, tiene peso político propio y, sobre todo, si es un protagonista destacado, se pueden generar celos, conflictos y problemas con el presidente y los miembros de su gabinete. En Colombia se recuerda la distancia entre el presidente Samper, abrumado por el proceso 8.000, y Humberto de la Calle, un personaje limpio e independiente y, por esta razón, mirado con recelo por el mandatario tambaleante. Y, en años recientes, el país fue testigo de la lejanía creciente entre Petro y Francia Márquez, quien, en la práctica, fue marginada de las responsabilidades del gobierno.
Como contraejemplo, se destaca el exitoso caso del vicepresidente Germán Vargas Lleras, un prestigioso y eficaz líder político, quien, de acuerdo con el presidente Santos, realizó una brillante tarea en la concepción y desarrollo de notables proyectos de infraestructura e impulsó valiosas reformas legales en el Congreso de la República.
El país tiene la esperanza de que, a lo largo del gobierno que comienza en agosto, se mantengan la armonía y la estabilidad en el seno del matrimonio político del presidente y el vicepresidente, elementos esenciales para que la próxima administración pueda encarar con éxito los enormes problemas que heredará del gobierno Petro.
