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HAY SÓLO UN PASO ENTRE UNA IDEA genial y una locura. Hasta ahora, éste parece ser el caso de la propuesta de Paul Romer, el famoso economista de la teoría del crecimiento, para atacar la pobreza en el planeta.
Basado en las experiencias de Hong Kong y de Singapur, Romer propone que los países pobres entreguen un pequeño pedazo de tierra a un país más desarrollado por un largo período de tiempo (cien años, por ejemplo), para que éste establezca allí, con sus leyes y reglas económicas, una ciudad autónoma, Charter City, orientada al comercio y a las finanzas. Romer piensa que esto sería suficiente para impulsar polos de crecimiento, prosperidad y empleo. Con el paso del tiempo, la frontera entre la ciudad y el país que la contiene se iría borrando y, al final, la ciudad se reintegraría completamente al territorio y a la comunidad de origen (ver www.chartercities.org).
La idea de fondo de Romer es la misma de muchos historiadores y analistas del desarrollo económico: lo que necesitan los países pobres son reglas, gobierno y estabilidad jurídica y política, elementos que, con gran frecuencia, no se pueden obtener localmente por los defectos de las instituciones de los países más atrasados.
La propuesta se refuerza con el análisis de la experiencia de las zonas económicas especiales, la clave del reciente milagro chino, donde se establecen y se hacen cumplir reglas de un rampante capitalismo y de estricta protección de los derechos de los inversionistas, distintas a las que rigen en el resto de China. Este país, dicen los defensores de la propuesta, sí es capaz de garantizar, en forma seria y creíble, la estabilidad y la confianza de largo plazo necesarias para propiciar un milagro económico colosal (en cambio, en Colombia, por ejemplo, la idea de copiar las zonas especiales terminó convertida en una charada de zonas francas tropicales que poco le sirven al desarrollo y que fueron sólo un burdo mecanismo para bajarle los impuestos a un puñado de privilegiados).
Antes de criticar la propuesta de Romer, es fácil fantasear, por un momento, con la idea de entregarle a China, por ejemplo, un pequeño territorio deshabitado del Pacífico colombiano, para que se desarrolle allí, con sus reglas y su vigilancia, una ciudad como las que han florecido al otro lado del Pacífico.
Después de la fantasía, infortunadamente, viene la realidad. La propuesta de Romer ha sido fustigada, con buenas razones, porque los países pobres tendrían que ceder su soberanía sobre los territorios entregados a los países extranjeros. Se la tilda, por este motivo, de neocolonial; se asimila a las Charter Cities con los enclaves o protectorados, con dificultades para establecer allí gobiernos autónomos y manejar asuntos como los derechos humanos y las libertades ciudadanas.
Romer se ha dedicado a viajar por el mundo explicando su solución para la pobreza. Aunque ha encontrado unos cuantos países pobres dispuestos a entregar un territorio para el experimento, todavía no consigue que ningún país avanzado se entusiasme con la idea.
Es posible que, con el avance de la globalización y el paulatino desdibujamiento de los conceptos de soberanía territorial, lo que hoy parece inaceptable, pudiera más adelante, de alguna forma, ser posible. Por ahora, esta curiosa idea es útil para pensar en los grandes obstáculos para el desarrollo y el crecimiento.
