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Armando Montenegro
19 de junio de 2011 - 01:00 a. m.
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UNO DE LOS EVENTOS MÁS INTEREsantes de las últimas semanas fue el resultado de los cuatro referendos realizados en Italia, donde millones de ciudadanos se opusieron a cuatro importantes decisiones tomadas por las mayorías del gobierno en el Parlamento: (i) derogaron la ley, denominada “legítimo impedimento”, que garantizaba la impunidad a Berlusconi y sus ministros, con el cuento de que para gobernar era necesario estar por encima de la ley; (ii) derogaron la ley que facilitaba el desarrollo de la energía nuclear; (iii) derogaron la ley que permitía la privatización del agua; (iv) derogaron la ley que autorizaba el alza de las tarifas de agua, incluso sin ninguna mejora del servicio, en un 7%.

Como es natural, este impactante resultado marca el final de la larguísima y estrecha relación de complicidad entre el electorado italiano y Silvio Berlusconi. Y con el ocaso de su vergonzosa inmunidad se abre la posibilidad de que los jueces, por fin, lo condenen por sus relaciones con prostitutas menores de edad y varios escándalos financieros. Por esta razón, la  oposición ha calificado la decisión de echar por tierra el “legítimo impedimento” como “legítimo godimento”, es decir, un gozo genuino.

La participación en las urnas llegó al 56% de los 50 millones de electores censados, casi 30 millones de votos, de tal forma que se superó fácilmente el umbral del 50%, el porcentaje necesario para que la decisión de los votantes fuera vinculante (hay que recordar que el referendo de Uribe fracasó precisamente porque no se llegó al mínimo local del 25%).

La gente salió a votar, convocada por el internet, por la intensa campaña de los ecologistas (movidos por la horrible experiencia de Fukushima), por la furia de sus antiguos aliados, los católicos y las mujeres, escandalizados por las rumbas desaforadas de Berlusconi, en contra de la campaña por la abstención que instigó el gobierno y que fue apoyada por la televisión (controlada, en buena parte, por el mismo Cavalieri), que, en vano, ignoró y trató de minimizar el referendo.

Lo que sacó a la gente a la calle a votar fue, sin duda, el hecho de que Berlusconi se volvió simplemente insoportable para los italianos. The Economist habla de tres hechos evidentes que terminaron por convertirlo en un desastre: sus decadentes escándalos sexuales con decenas de prostitutas; la multitud de indelicadezas y negociados, hasta ahora situados más allá del alcance de la ley, gracias a una legislación amañada, y sus complicados y sospechosos manejos con la justicia; y, lo más importante, su incapacidad de modernizar y transformar a Italia, un país cuya economía se halla postrada (su ingreso per cápita ha descendido en los últimos diez años, su deuda equivale al 120% del PIB, la cuarta parte de sus jóvenes no tiene ni empleo ni perspectivas de vivir en una sociedad próspera).

Con el refrescante resultado de los referendos, los italianos le lanzan al mundo la señal inequívoca de que, finalmente, se hastiaron de su decadente líder de opereta. Lo que sigue será el lánguido espectáculo de su salida definitiva de la política italiana, un proceso que, posiblemente, tomará algunos meses y que podría estar rodeado de nuevos escándalos. La sucesión en el poder, como siempre en Italia, puede traer consigo algunas sorpresas adicionales: no es seguro que después de lo malo venga, necesariamente, lo mejor.

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