Catástrofes como la pandemia del COVID y fuertes alteraciones sociales tienen efectos profundos, a veces inesperados, con impactos significativos durante mucho tiempo después de que suceden.
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En materia política, a causa de la crisis por el gran aumento del desempleo y la pobreza que trajo la pandemia, en casi todos los países los partidos de gobierno perdieron las elecciones y fueron reemplazados por los de la oposición.
Por otra parte, en materia de salud son persistentes las secuelas del llamado long COVID, que debilita y afecta a las personas durante varios meses después de haber sufrido el contagio. Por causa de este fenómeno, en Estados Unidos cientos de miles de personas no han vuelto a trabajar y el rendimiento de muchas otras que sí lo han hecho se ha visto disminuido por los rezagos de la enfermedad.
El impacto de la pandemia sobre el futuro de los niños que no recibieron clases presenciales durante casi dos años ni tuvieron acceso a internet y a la educación virtual será profundo, pues los condenará durante toda su vida a aprender menos y recibir ingresos laborales menguados. Ya que los jóvenes más ricos no descuidaron su educación, por este motivo los países serán más desiguales e inequitativos. La mitigación de este problema, especialmente en los primeros años de la escuela, infortunadamente todavía no hace parte de la política educativa de Colombia.
La gran ola inflacionaria de hoy también es resultado, en buena parte, de las políticas expansivas generosas, necesarias para encarar la emergencia, que impulsaron al final de la misma una fuerte recuperación de la demanda que, enfrentada a problemas de oferta (logística, puertos y cadenas productivas), también originados en la pandemia, desencadenaron alzas de precios en casi todo el mundo. La tormenta se perfeccionó con el fuerte aumento de las cotizaciones de los commodities, especialmente los de energía, a raíz de la guerra de Ucrania.
Colombia sufre, además, de otros problemas que aceleraron la inflación. Un grupo de investigadores del Banco de la República demostró, por medio de un estudio econométrico, que el paro nacional de 2021 creó perturbaciones que atizaron la inflación. Su punto de partida fue constatar que, a partir de mayo de 2021, los precios de los alimentos crecieron mucho más en Colombia que en otros países. Descartaron que este fenómeno se originara en la pandemia o en las políticas monetarias o fiscales. Mostraron que los prolongados bloqueos a las carreteras afectaron en forma duradera la producción de algunos alimentos. Un ejemplo es el de los huevos. Con la forzada suspensión del flujo de comida para las aves por cerca de dos meses, se alteró el desarrollo de las reproductoras y ponedoras, un problema que toma cerca de dos años en normalizarse. Cayó la producción de huevos, que antes crecía al 12 %, y sus precios subieron súbitamente en un 23 %. Algo semejante sucedió con la papa, cuya oferta disminuyó con los bloqueos a los despachos desde Nariño, haciendo que aumentaran sus precios, se afectaran los productores y disminuyeran las resiembras, situación que redujo el abastecimiento y generó una escasez del tubérculo durante muchos meses.
Como ocurre con frecuencia, los más afectados por estos problemas, heredados de 2020 y 2021, son los más pobres.