Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
Uno de los temas más fascinantes del estudio del desarrollo es la declinación de la economía argentina durante más de 100 años, un fenómeno que, por su persistencia y dramatismo, nos hace evocar la decadencia española a lo largo de varios siglos.
Argentina es un país enormemente rico en recursos naturales, que en 1910 llegó a exhibir el décimo ingreso per capita del mundo. Desde entonces ha ido cuesta abajo. A pesar de varias décadas de sostenido declive, en los primeros años después de la Segunda Guerra Mundial su ingreso per capita todavía era superior al de Japón, Italia y España. Hoy registra el puesto 86 en el mundo y, al paso que va, está en camino de seguir perdiendo posiciones frente a otros países.
Argentina también pesa cada vez menos en la economía latinoamericana. Después de que su PIB fuera cerca de la mitad del que tenían juntos todos los demás países de la región, hoy apenas supera el 10 %. El tamaño de su economía es una tercera parte de la brasilera y menos de la mitad de la mexicana; eso sí, sigue siendo un 30 % más grande que la de Colombia. Este es el resultado de su lento dinamismo económico: desde 1960 hasta 2020, su crecimiento promedio fue del 2,2 % anual, bastante inferior al 3,9 % de Brasil, Chile y Colombia. Y desde el año 2000 hasta 2020 su crecimiento promedio fue de apenas 1,4 %, menos de la mitad del de Perú, Chile y Colombia.
Casi todos los historiadores y economistas sostienen que la persistente declinación de Argentina se origina en sus problemas políticos y la inestabilidad de sus gobiernos, fenómenos que se han manifestado en frecuentes golpes militares, moratorias de su deuda, intensos ciclos inflacionarios y cambios abruptos en la dirección de la economía, todo esto en el marco de una gran polarización ideológica.
A este hecho contribuyó el populismo que sembró el general Perón y que se mantiene profundamente arraigado en amplios grupos de argentinos. Como en otros países, dos de las lacras del populismo han sido el desconocimiento de las restricciones fiscales y el apego a la emisión monetaria descontrolada, de espaldas a la necesidad de aumentar la productividad, la innovación tecnológica y la modernización de la economía.
En el otro extremo, los experimentos más ortodoxos, que de cuando en cuando se han alternado con las fases populistas, por lo general han sido de corta duración, se han revestido de notable dogmatismo y su continuidad no ha obtenido el respaldo colectivo. Así, sin un mínimo consenso sobre la orientación económica, no se han podido evitar los caóticos bandazos que han ocurrido con los cambios de gobierno.
En contraste, su vecino Uruguay, con políticas redistributivas serias y estables, en el marco de un manejo fiscal y monetario ordenado, ha logrado que su ingreso per capita sea un 20 % más elevado que el argentino.
El pasado domingo, en medio de una inflación de más del 50 % y la perspectiva de una nueva moratoria, el gobierno peronista sufrió una fuerte derrota en las urnas. Pero no es claro que esto vaya a producir grandes cambios. Se teme que el presidente no será capaz de convocar a la oposición para lograr un acuerdo que permita enderezar el manejo económico y buscar las condiciones para acelerar el crecimiento y normalizar el crédito externo. Si esto es así, continuará el sostenido proceso de declive de este bello país.
