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De vuelta a la realidad

Armando Montenegro

02 de agosto de 2026 - 12:06 a. m.

En el verano de 2010, en medio de un país emocionado por los éxitos del equipo de Xavi e Iniesta en la final del campeonato mundial de fútbol entre España y Holanda, en un pequeño apartamento, alrededor de un televisor, una célula de ETA le hacía barra al segundo y deploraba el triunfo de la “roja”.

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Esta escena de la comedia Fe de etarras, en la que actúa Javier Cámara, se hizo realidad en el campeonato que acaba de terminar en Estados Unidos. Aunque, al igual que en el resto de España, la gran mayoría de los vascos apoyaron y gozaron con la victoria de la selección (cuyos goleadores Oyarzabal y Merino son oriundos de su región), puñados de radicales separatistas se manifestaron en contra de la roja. El 10 de julio, en la plaza de toros de Pamplona, aparecieron avisos que decían “Puta España” y “Puta selección”, que fueron rechazados por el público que gritó “Viva España”. Así mismo, algunos grupos de extremistas vascos insultaron y agredieron a quienes celebraban en las calles el triunfo español.

Los observadores señalan que, como testimonio del poder del fútbol para convocar a la gente alrededor de la identidad colectiva, gran parte de la población, el gobierno comunitario y los partidos vascos condenaron estas actuaciones (solo algunos dirigentes aislados guardaron silencio). De igual forma, la enorme mayoría de españoles, de todas las regiones, entre ellos los militantes de sus pugnaces y discrepantes partidos políticos, gozaron y celebraron como suya la victoria de su equipo.

En Colombia sucedió algo parecido. Los partidos de la selección comenzaron pocos días después de la disputada primera vuelta de la elección presidencial y aglutinaron la atención, el fervor y el apoyo de todos. El país entero vio los encuentros; respaldó, sufrió y celebró los triunfos del equipo nacional. El fútbol, sin duda, disipó por unos días el ambiente de crispación de la campaña política.

Aunque, en el día de su triunfo en la primera vuelta, Abelardo de la Espriella utilizó hábilmente la camiseta de la selección, pronto, después de algunas vacilaciones y protestas, la gente de Petro y del Pacto Histórico también se vistió de amarillo. A diferencia de lo ocurrido con el comportamiento de los pequeños grupos de separatistas vascos, los colombianos apoyamos sin fisuras a la selección, en las buenas y en las malas. Nos sentimos representados por las camisetas colombianas en las canchas, calles y tribunas, por el canto del himno nacional al comienzo de los partidos y las batallas de los once jugadores en el campo de juego. Todos dijimos “ganamos” o “perdimos” al final de cada encuentro. Alejados de la política, vimos los partidos, celebramos los goles, sufrimos con los peligros de nuestra portería y lamentamos la eliminación por penalties frente al equipo de Suiza.

Todo esto fue fugaz. En España, tras las ruidosas celebraciones y el triunfal regreso a casa de su selección campeona, la ilusoria unión de sus habitantes se desvaneció. El país volvió a la polarización entre Sánchez y la oposición, y a las habituales disputas entre el PSOE y el PP y Vox. En nuestro medio, después del fútbol también caímos de nuevo en la desagradable realidad de nuestra vida política. Retornaron las acusaciones, los señalamientos, las denuncias de fraude y corrupción, las ninfetas petristas y los llamamientos a la desobediencia civil. Una mamera.

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