Se están reventando las economías de Argentina y Bolivia. La crisis de la primera no es una novedad –vive en cuidados intensivos intermitentes desde hace décadas–, pero lo de Bolivia sí es novedoso. Este país gozó durante varios años una especie de milagro económico y una notable reducción de la pobreza, cuyo triste final arroja importantes enseñanzas para Colombia.
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Los datos de Argentina son críticos: a pesar de los acuerdos con el FMI, la inflación llegó al 100 %, el banco central financia generosamente al gobierno y el dólar negro duplica al oficial. Todos los días pierde reservas internacionales, las exportaciones agrícolas están afectadas por una fuerte sequía y las autoridades tratan de contener la hemorragia a punta de controles de cambio, una multitud de tasas de cambio y arriesgadas operaciones con canjes de deuda. En lo que va del año, el banco central ya ha perdido más de US$ 5.000 millones y, al parecer, no puede detener el desangre. La apuesta del gobierno es llegar a las elecciones presidenciales sin que el deterioro sea mayor, de tal forma que el peronismo pueda mantenerse en el poder.
El caso de Bolivia es interesante. Después de que su economía creció bastante bien durante varios años, impulsada por exportaciones de gas y minerales, un periodo en el cual disminuyó la pobreza y la desigualdad, el país sufre hoy una profunda crisis macroeconómica. La causa está relacionada con un tema muy discutido en Colombia en los últimos meses. Después de ser un exportador neto de combustibles, en especial de gas, este país pasó a importarlos en forma creciente. El gobierno no decidió acabar con el gas para contribuir, en forma suicida, a la lucha contra el cambio climático. Le dio por agobiar a las empresas con impuestos, controles, tasas y sobretasas, de tal manera que la exploración y producción dejaron de ser atractivas para los inversionistas. De esta forma, Bolivia se convirtió en un importador neto de combustibles, sin esperanza en el corto y mediano plazo de elevar sus ventas al exterior, a pesar de que sus reservas bajo tierra son abundantes.
El caso de Bolivia se parece mucho a las típicas crisis de balanza de pagos que se estudian en los textos. Con una tasa de cambio fija, un déficit fiscal financiado con emisión y unas reservas internacionales que caen todos los días, solo es cuestión de tiempo para que llegue el día en que la moneda tendrá, necesariamente, que devaluarse y se desatará un proceso inflacionario (hasta ahora la inflación se mantiene en cifras de un dígito). Esta inevitable conclusión sólo podrá postergarse por unas semanas con la imposición de controles de cambios y un fuerte racionamiento de las divisas. Las agencias calificadoras de crédito ya han degradado varias veces la deuda pública y han realizado fuertes advertencias de lo que viene. La gente hace colas en busca de dólares y los agentes económicos esperan el desenlace.
Detrás de estas crisis subyacen varios problemas típicos de algunas economías de la región: el banco central subordinado al gobierno, los déficits fiscales descontrolados y pésimas condiciones para la inversión privada, fruto de un populismo rampante. En el caso de Bolivia, además, se produjo el torpe asesinato de la gallina de los huevos de oro –la producción y exportación de combustibles–, como si siguiera los consejos de algunos de nuestros gobernantes.