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En dos ocasiones en que la economía colombiana exhibió enormes desequilibrios en el frente fiscal y de la balanza de pagos, se desataron grandes crisis que resultaron en recesión, quiebras bancarias y enorme desempleo. Esto ocurrió en los años 80 (1982-1984) y en la segunda mitad de los 90 (1998-1999). En ambos casos, con la economía seriamente debilitada por los déficits, la crisis estalló con el cierre de los flujos internacionales de capitales.
Una economía relativamente sana y bien manejada no colapsa cuando ocurre una crisis externa. De hecho, el efecto moderado que tuvo la hecatombe internacional de 2007-2008 sobre la economía colombiana se explica, en buena parte, porque los desequilibrios fiscales y de cuenta corriente eran modestos, y se contaba, además, con una correcta dirección de los instrumentos macroeconómicos.
En la actualidad, los desequilibrios macroeconómicos son, otra vez, gigantescos. El déficit fiscal de este año superará el 8 % del PIB, y el de la cuenta corriente de la balanza de pagos será del 5 % del PIB. Las proyecciones de 2022 muestran apenas ligeras mejorías.
Por fortuna, a diferencia de lo que ocurrió antes de las crisis de los años 80 y 90, ya se están tomando algunas medidas para enderezar el curso. La reforma tributaria que aprobó el Congreso es un primer paso en la dirección correcta e igualmente la decisión del Banco de la República de elevar las tasas de interés apunta a corregir el exceso de gasto en la economía. Por el contrario, inmediatamente antes de las crisis de 1982-1984 y 1998-1999, se bajaron las tasas de interés, se descuidaron los problemas fiscales y, temerariamente, se trató de impulsar la demanda agregada, políticas que agudizaron los desequilibrios y magnificaron los impactos de los choques externos.
Mientras se completa el necesario ajuste de los graves desequilibrios macroeconómicos, subsistirá el riesgo de que una perturbación externa de gran magnitud impacte sobre la economía colombiana y, como en otras ocasiones, cause estragos en la producción, el empleo y la pobreza. Por lo tanto, es preciso que se siga avanzando en la implementación de iniciativas dirigidas a cerrar los déficits y se busquen los consensos para resolver los problemas fiscales cuando existan las condiciones políticas para hacerlo.
Como las dos crisis anteriores explotaron entre el final de un gobierno y el comienzo del siguiente, es indispensable extremar la vigilancia macroeconómica en los próximos meses. Es frecuente que en la fase final de una administración se presente un cierto desgaste y, a veces, problemas de gobernabilidad que resultan en un relajamiento fiscal (esto fue muy serio en 1997-1998). Y los gobiernos entrantes, usualmente, tienen sus ojos puestos en sus promesas de campaña, lejos del necesario manejo de las dificultades que heredan de sus antecesores.
Una de las difíciles tareas de los consejeros de los candidatos presidenciales en la campaña que inicia es la de hacerles entender a sus jefes que recibirán una situación macroeconómica bastante delicada, la cual, necesariamente, impondrá restricciones sobre sus deseos de prometer, gastar e invertir, y los obligará a comenzar su gestión con reformas fiscales, tanto en el lado de los ingresos como en el de los gastos, y a colaborar con un manejo prudente de la política monetaria.
