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La inflación en Colombia alcanzó el 5,26 % anual a finales de noviembre, una cifra que superó por mucho las metas del Banco de la República y las proyecciones de los analistas. El notable aumento de los precios de los alimentos, del 15,34 % anual, fue el principal factor detrás de este fenómeno.
Con la inflación sucedió lo mismo que con otros problemas de nuestro medio que, al principio, cuando surgen, se consideran transitorios y poco alarmantes, pero adquieren un impacto duradero y desestabilizador. Se estima ahora que la inflación superará el 6 % anual durante buena parte de la primera mitad del año entrante, antes de comenzar una lenta fase de moderación, que debe ser guiada por las medidas que tendrá que tomar el Banco de la República.
Como en otros países, el aumento de la inflación doméstica en esta coyuntura se originó en la combinación de problemas de oferta (altos costos de bienes importados, dificultades de logística, transporte y abastecimiento) y demanda, sobre todo el enorme dinamismo de la recuperación del consumo de los hogares a lo largo de este año, del orden del 20 %, que ha impulsado un vigoroso crecimiento de las ventas del comercio.
Una de las principales causas del actual proceso inflacionario es la llamada inflación importada, que se ha introducido al país a través de los altos precios de alimentos o insumos de alimentos adquiridos en el exterior, que gozan de un ciclo alcista en los mercados internacionales. Al fuerte incremento de las cotizaciones en moneda extranjera de algunos bienes importados, como el maíz, el sorgo, la soya y el trigo, se añade la notable devaluación del peso, de tal forma que sus efectos combinados se trasladan a los precios de bienes como el pollo y la carne, y terminan impulsando los precios de los restaurantes.
La demanda interna también ha sido estimulada por una nueva bonanza cafetera. La cotización internacional del grano ha acercado los US$2,5 por libra y, por este motivo, el precio interno está registrando cifras récord, de tal forma que se ha agigantado el consumo de miles de familias productoras en amplias zonas del país.
A todo esto se deben agregar dos hechos que podrían atizar aún más los fuegos inflacionarios. En primer lugar, la previsible restricción monetaria en Estados Unidos hará que suban las tasas de interés de ese país, propiciará la salida de algunos capitales de Colombia e impulsará la depreciación del peso. En segundo término, algunos precandidatos están pregonado un aumento de dos dígitos del salario mínimo, una medida que, si fuera adoptada, elevaría los costos empresariales y estimularía el alza de los precios y las expectativas de inflación (los populistas ignoran alegremente que, en esta coyuntura, el impacto de la inflación es especialmente fuerte en los grupos sumidos en la pobreza, cuyos precios crecen el 6,34 %, al tiempo que el de los de altos ingresos sufren una inflación de apenas el 4,11 % anual).
La preocupada atención de los mercados se ha concentrado en la respuesta del Banco de la República. El wmisor, ahora en claro modo antinflacionario, ya comenzó a aplicar los frenos a la demanda y, según sus propias señales, debe continuar aumentando sus tasas de intervención durante los próximos meses hasta llevarlas a cifras del orden del 5 %. Esta política debería contar con el respaldo de toda la sociedad.
